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Saturday, August 29, 2009

Acerca de la durabilidad del papel higiénico. - Parte 1



Desde que recuerdo me han encantado las discusiones. Mientras más rebuscadas y bizantinas, mejor. Así, al encontrarme con muchos amigos a los que no veía desde hacía mucho más de un año, pasé una desproporcionada cantidad de tiempo discutiendo los méritos del guión de la película Up [1] , si las vernáculas conferencias de Diana Uribe constituyen o no historia [2] , la existencia de Dios [3] y la capacidad intelectual y personal del Presidente Uribe [4] . Y aunque fueron intensas y acaloradas, hasta el extremo que en uno de los casos mi interlocutor marchóse abruptamente, exasperado por yo mi negativa a aceptar la mediocridad del guión de Up [5], son uno de los recuerdos más gratos que tengo de mis recientes vacaciones en la Patria.

A lo largo de los años, muchos temas, desde el más banal hasta el más profundo, han sido explorados hasta la saciedad. Sin embargo, esta predilección se ha visto negativamente impactada por mi reciente descubrimiento de que no, después de todo yo no hablaba inglés, así que me he visto relegado a repetir las más interesantes en mi mente, mientras asiento con mirada vacía a docenas de ideas que, en Colombia, me habrían puesto a hablar por horas y horas [6] . Fue así como, en medio de una charla con unos compañeros de oficina, vine a recordar una que fue recurrente desde que estaba en los primeros semestres de ingeniería: ¿es lo que separa la comedia de la tragedia una simple cuestión de actitud?

Yo siempre pensado que no. Sin embargo, no ha faltado quien se pregunta, ¿qué pasaría si en vez de Hamlet, el príncipe de Dinamarca hubiese sido Woody Allen? Ese argumento retórico no me convence. En primer lugar porque uno puede responderse fácilmente a eso, viendo el primer segmento de Todo lo que usted quiso saber del sexo pero no se atrevió a preguntar. Y en segundo porque, pese a que esta al parecer ha sido una duda permanente en el caso de Allen (aparte de Todo lo que usted… podemos ver visos de la misma en La última noche de Boris Grushenko, Recuerdos del Stardust, y Poderosa Afrodita), en su más reciente exploración del tema (Melinda & Melinda donde, probablemente temeroso de que el público de Loco por Mary y American Pie no captara la sutilieza del comentario, lo expresó específica y abiertamente), la mitad de la película que era comedia estuvo un poco sosa. Y es que, por muy Will Ferrell que uno sea, para que una situación pueda considerarse comedia, tiene que ser cómica.

Algo muy diferente, es que a veces son situaciones que suenan trágicas pero que, en realidad son tremendamente graciosas.

Por ejemplo, el año nuevo de 1980. Los negocios de mi padre continuaban declinando. Mis padres habían tenido una pelea mucho más grave de lo habitual y ella, por primera vez, había mencionado la posibilidad de separarse. Se incendió mi casa. Y, sin embargo, es uno de los recuerdos más divertidos que tengo.

No recuerdo por qué fue esta pelea en particular. Posiblemente porque mi padre había empezado a tomar antes de lo usual. Por un lado entiendo a mi mamá. Las borracheras ajenas nunca son divertidas cuando uno está en su sano juicio, y tiene que preocuparse por temas mundanos como Hay que arreglar a los niños, o, Tenemos que llegar temprano. Y las de mi padre, al cabo de muy poco tiempo, dejaban de parecer divertidas aún para sus contertulios. Pero, sin justificarlo, entiendo a mí papá. Sin muchos temas en común con sus cuñadas, las reuniones familiares eran aburridas para él, aunque en el sentido en que remar en una galera debía resultar aburrido para los galeotes.

Y, al fin de cuentas, sería más o menos como si Bibi se pusiera brava conmigo por jugar Playstation.

Ahora que lo pienso, la idea de lo brava que se pondría ella si llegáramos tarde a un compromiso porque me puse a jugar Playstation me causa escalofríos. Lo siento, papi, empatía cancelada.

La teatral salida de mi madre tenía como objetivo que él, luego de darse cuenta de su monstruoso proceder y atormentado por su conciencia, llegara humildemente a la casa de mis tías, a pasar juiciosamente el Año Nuevo con nosotros. Ese plan hubiera tenido tristes posibilidades de éxito con él en su sano juicio, pero con unos tragos encima era una propuesta perdedora en su incepción. Libre de ataduras, mi padre simplemente se dedicó a inventariar los vecinos que podrían resultar compañeros de tragos, es decir los que estaban, y guiarlos a una tienda.

Tras más de diez años de matrimonio, sin embargo, mi madre tenía claro que si no llegó durante la primera media hora, mi papá ya no iba a aparecer, así que cortó un poquito la longitud de la visita, así que salimos de donde mis tías, a unas quince cuadras de nuestra casa. Lo que fue una suerte, porque al llegar encontramos un corrillo en la esquina en la que pensábamos como "nuestra".

-Fernando, vaya averigüe qué pasó.-ordenó mi mamá con aprensión.

Nuestro temor usual era que los ladrones se hubieran metido a la bodega, pero un par de preguntas después, me enteré con alivio que no, que lo que ocurría es que una casa se había incendiado, una que tenía una bodega. Qué raro, pensé, yo creía que la nuestra era la única con bodega en este barrio. Ahora, no estaba siendo obtuso, ni demasiado distraído. Cuando pienso en una casa incendiada me imagino algo dramático: llamas saltando incontenibles por el techo, vidrios explotando y chapas derritiéndose. En fin, Infierno en la Torre. Mi casa, en cambio, una mole esquinera de ladrillo, estaba incólume.

Salvo por la plumilla de humo que se escapaba por debajo del portón de la bodega, que era casi imperceptible en el ambiente, enrarecido por la pólvora callejera.

Aún dudoso, caminé hacia el portón metálico, y lo toqué con no demasiado aplomo. Estaba caliente. No hirviendo, no lo suficiente para quemar, ni nada por el estilo, pero lo bastante como para no dejar dudas sobre el tamaño del fuego que había al otro lado. La bodega no era un garaje que hubiera sido designado como tal, no. Había sido construida ex profeso, y era en esencia un cajón de concreto, de 15 metros de ancho, 10 de fondo y 5 de alto. Y el portón era una mole de metal café, de unos 10 por 4, tan robusta que, literalmente, resistiría una colisión frontal con un automóvil.

En 1980, sin perder Termodinámica por primera vez, yo todavía tenía muy claro que, por más buen conductor del calor que fuera el metal, la temperatura en el interior de la bodega debía ser demasiado alta. Uno habría pensado que, ante esas noticias y una inminente tragedia, yo habría salido corriendo como una loca a avisarle las noticias a mí mamá, pero no. Siempre he vivido aquejado por un exceso de preocupación por la imagen que los demás tengan de mí [7]. Así que, caminando con lo que yo imaginaba era aplomo y dignidad, me acerqué discretamente y le dije que había que llamar a los Bomberos.

Continuará.


En el próximo episodio:

  • Algunas diferencias entre la tragedia y el melodrama

  • No todo tiempo pasado fue mejor

  • La Brigada de Bomberos Borrachos de La Ponderosa

  • Felicidades y buenos deseos… casi

  • No precisamente Rescue Me





  • [1] Yo tenía razón y mi amigo estaba equivocado.
    [2] Yo tenía razón y mi amigo estaba equivocado.
    [3] Yo tenía razón y mi primo estaba equivocado.
    [4] Yo tenía razón y mis amigos estaban equivocados. Y estoy dispuesto a apostar plata que nadie que me conozca hubiera adivinado de qué lado estaba yo en esa discusión.
    [5] O, por lo menos, que él habría podido escribir uno bastante mejor si se hubiera decidido a hacerlo.
    [6] Que los créditos de las películas sean mejor en el final o en el principio, por ejemplo.
    [7] O, para decirlo de una manera menos benevolente, he vivido del "Qué dirán".

    Saturday, September 06, 2008

    Sobre agüeros y aguaceros

    Antes me daba algo de vergüenza aceptarlo, siendo ingeniero, inteligente, y todo eso, pero ahora me precio de ser supersticioso. La diferencia es, aunque no vine a saberlo o notarlo por mucho tiempo, que anteriormente me avergonzaba por ser irracionalmente supersticioso.

    Probablemente perdí el 92% de mis lectores con la frase anterior. Una parte, muchos de ellos compañeros de Universidad y carrera, habrá cerrado el browser con un click colérico, ofendidos en su honor por el hecho de que alguien no sólo tenga el handicap de no ser un escéptico, sino que en su ignorancia se regodee en ello. Otros más lo harán sacudiendo la cabeza y con una mueca de asco ante la contradicción: si antes era irracionalmente supersticioso significa que ahora lo es racionalmente, y eso no, eso sí que no. Probablemente un grupo de ellos lo haga con una mezcla extraña de las dos sensaciones. Y no descarto que exista un grupito que sencillamente se halle sorprendido de no estar en Amazon.

    Sin embargo, espero haberlos interesado lo suficiente para que gran parte de todos ellos regrese, aún los de Amazon (de hecho, si usted es uno de esos cuénteme qué libro quiere, y yo le informo el precio a vuelta de correo. Acepto Paypal), ya que a través de esta y otro par de entradas más, explicar esa dicotomía, y quizá convencer a uno que otro que en verdad vale la pena.

    * * *

    Pese a que siempre pensé que no lo haría, cuando llegó el momento, mi matrimonio fue una boda católica.

    Como era bien sabido entre mis conocidos que yo no tenía la intención de casarme (y no sólo por inmadurez, o miedo al compromiso, sino por el alarmante porcentaje de parejas de amigos míos que se divorciaban a los dos o tres meses), quizá la pregunta más frecuente que recibimos al anunciar la boda fue ¿Y Wilson cómo propuso? Ante un tema tan serio, yo solamente podía responder con sarcasmo, por supuesto: ¿A ustedes no les ha pasado que están hablando y de repente se quedan sin tema? Sin embargo, ésta respuesta tenía algo de cierto.

    Una vez decidimos que, en efecto, nos creíamos el uno para el otro, Bibi y yo comenzamos a discutir los detalles logísticos del tema. Aparte de mi objeción ideológica estaba la parte económica, por supuesto, una ceremonia, aún una civil, implica recepción, invitados, decoración, comida y todas esas buenas cosas, así que en un principio estábamos de acuerdo en que no nos casaríamos. La conversación se fue entonces a los temas prácticos: si Bibi se podía pasar a mi apartamento o necesitábamos uno nuevo, si nos iba a hacer falta comprar armarios, cómo avisar a las familias. Ambas eran chapadas a la antigua, pero en cada caso pudimos acordar una estrategia adecuada. (Con sus hermanos, por ejemplo, consideramos que bastaría con avisar. Con su madre seguramente tendría que tener una prolongada charla exponiendo mis objeciones teológicas, ideológicas y morales sobre el matrimonio. Y, probablemente, comprarle chocolates.) Pero nos estrellamos contra un bloque al llegar a su abuela.

    Ella es una viejita devota, de esas de las que lo primero que hacen al llegar a un sitio de paseo es localizar las iglesias y averiguar los horarios de misa, y quien, al cumplir su objetivo de "casar" a todas sus hijas, se puso a la tarea de hacer lo propio con sus nietas. (Actualmente, creo, tiene en la mira a una bisniesta) Bibi era su nietecita preferida (tengo la teoría de que la anciana le decía lo mismo a todas, pero el tema, por sensitivo, no ha sido adecuadamente discutido con Bibi) y por tanto sería un golpe difícil si la muchachita se iba a vivir "en pecado". Los dos considerábamos que la anciana no podría racionalizarlo y, más que brava, se sentiría triste. La rabia hubiéramos podido manejarla porque la rabia pasa, de hecho teníamos planes detallados para tratar con nuestras madres, pero la tristeza... de hecho Bibi tenía el temor que esa tristeza pudiera ser fatal para la viejita. (Temor infundado, como descubrimos más tarde, pero antes de cruzar el puente no sabíamos que sí habría aguantado el peso.)

    La siguiente pregunta fue si lo hacíamos por lo católico o por lo civil. Entonces yo era un ateo recalcitrante, de esos que se regodean en su convicción y no dejan pasar oportunidad para exponer los motivos por los que no creen en Dios. Una especie de Testigo de Jehová a la inversa. Y aunque Bibi podría haberse considerado a lo sumo como "no practicante", sí tenía claro que la ceremonia católica le parecía hermosa. Y quién se lo puede negar. Parafraseando a Douglas Adams, en ningún idioma existe la expresión "Tan hermoso como una Notaría". Y, rasgo común en muchas mujeres colombianas, desde siempre había soñado con casarse de blanco en una iglesia. Quizá fue entonces la primera vez que me dí cuenta lo poco que me importaba la religión. Para mí era (es) importante que se supiera que no creo en el Dios de los Ejércitos, pero no tanto como los sueños de infancia de mi novia.

    Casi un año después, tras sinnúmero de de decisiones, organización, y sesiones de acorte y alargue de listas de invitados, vinimos a darnos cuenta ya muy tarde que la ceremonia, campestre y bucólica, estaba planillada justo en medio de uno de los peores inviernos que yo había visto en Bogotá en varios años. Teniendo aproximadamente resueltos los detalles usuales de un matrimonio (sitio, lista de invitados, vestidos, padrinos y luna de miel) pude darme el lujo de preocuparme y quejarme a saciedad sobre el tema. Que nos iba a llover, que el prado se iba a volver un barrial, que con el escote Bibi se iba a resfriar, etc.

    Como mis quejas no discriminaban compañía, llegó un momento en que emergieron frente a un compañero de oficina. Este tipo era inmensamente buena gente, muy inteligente, muy tranquilo y yo lo admiraba (aún lo hago) bastante.

    -Venga le cuento un agüero que hay sobre eso-me dijo. Era obvio, por el preámbulo, que sabía que lo que iba a contarme no era racional (para los que no lo sepan "agüero" es sinónimo de "superstición"), y que se sentía algo incómodo por ello.- Cuando yo me iba a casar también era invierno, y mi abuela me lo contó. A mí me funcionó, ahí verá...

    -Cuente, cuente-a esas alturas ya había asistido a un curso prematriomonial, e incluso había hablado con un cura pensando en confirmarme, así que una superstición más no iba a cambiar el marcador del partido. No sé exactamente qué esperaba, aunque posiblemente algo como un menjunje que de alguna manera afectara la humedad relativa del ambiente.

    -El día de su boda, regale en un ancianato cercano un huevo por cada invitado. Eso hice yo, y a mí no me llovió.

    Como ya lo he dicho, mi amigo es una persona muy inteligente. Claramente no estaba tratando de convencerme de la existencia o efectividad de un aguero milagroso, de hecho ni siquiera de que él mismo lo creyera. Sin embargo, me estaba ofreciendo una salida, una posible solución que sólo tenía un precio: dejar la razón en la entrada. Aquí hay dragones. Y un día después, un minuto después, volver a Excel, y ORACLE, y modelos matemáticos, y bases de datos, y Business Cases. Interesante invitación.


    No me tomó mucho esfuerzo decidirme. En ese momento ya había tomado todas las medidas de contingencia para un caso de lluvia (carpa, paraguas de repuesto, aún la posibilidad de habilitar una de las salas de la casona), pero lo que yo quería era que no lloviera, y lo que más me desesperaba era esa sensación de impotencia. Así que hice el siguiente análisis: ¿Qué es lo mejor que podía pasar con este plan? Que yo decidiera no regalar los huevos, con lo que no sólo habría puesto a prueba mi escepticismo sino que me ahorraría unos pesos, y no lloviera el día de mi boda. ¿Qué es lo peor que podía pasar? Que yo decidiera regalar los huevos, y en todo caso lloviera. Y en ese caso, tendría el consuelo de que, en un día frío y lluvioso, una gruesa de ancianitos solitarios y abandonados al menos tendría un huevo de más en el desayuno.

    Desde el punto de vista económico, ahorrarse el valor de un huevo por invitado era risible. (Si hubiera sido un huevo, usado como sinónimo de testículo, del organizador quizá sí, después de todo fue durante la organización de mi voda que reemplacé la expresión Me costó un ojo de la cara por Me costó un huevo de la ingle). Así que me decidí a hacerlo, pensando que en el peor de los casos, además de mojado, podría sentirme un filántropo. Recordando a Les Luthiers: sentiría una humildad tal, que me llenaría de orgullo y soberbia.

    Como habrán adivinado los lectores medianamente astutos, no llovió el día de mi boda. Si lo hubiera hecho, evidentemente no habría escogido esta anécdota. Algunos escépticos llegarían incluso a conjeturar que ni siquiera lo recordaría. por el fenómeno denominado Sesgo de Percepción (Perception Bias), que hace que recordemos con más claridad los hechos que tienden a demostrar nuestras ideas preconcebidas que aquellos que no. Personalmente creo que mi boda fue lo bastante importante y emocional en mi vida como para que lo recordara, aunque quizá el tono de la historia sería algo distinto y en vez de poder usuarla para ilustrar mis posiciones filosóficas lo haría para ilustrar la fuente casi inagotable de mi ingenuidad.

    Lo que no es necesariamente tan obvio es que ese marzo llovió casi todos los días, todos los fines de semana e incluso el viernes que precedió la ceremonia y el domingo siguiente. Es más, el mismo día de mi boda estuvo nublado, y antes de empezar cayeron algunas goticas de esas que las abuelas llaman "espantaflojos". Pero afortunadamente el cielo se despejó antes de que entrara la novia, y el resto del día estuvo excelente. Esa circunstancia llegó a convertirse en parte integral de la anécdota. La lluvia empezó a formarse al principio, explicaba yo, mientras los ángeles contaban los invitados para verificar que yo no me hubiera hecho el huevón con una docena de viejitos. Una vez comprobaron que los números cuadraban, San Pedro dio la orden y se despejaron las nubes.

    ¿Creo realmente que el hecho de que yo hiciera un gesto simbólico en favor de unos ancianos tuvo alguna relación con el buen clima que imperó durante la ceremonia? Déjenme exponerlo de esta manara. Si así fuera, la causación sólo tendría dos explicaciones posibles: que un Dios Todopoderoso hubiera decidido recompensar mi generosidad, o que de alguna manera la satisfacción de los ancianos hubiera impactado el clima. La primera explicación no me parece posible. Si existe un Dios o no es un amargo conflicto entre escépticos y creyentes en el que no veo necesario enfrascarme para resolver esta duda. Es claro, observando cómo funciona el mundo, que aún de existir, Dios no opera así (en otra ocasión hablaré más en detalle de mis ideas sobre Dios). Y la segunda tampoco la veo viable. Y una vez más evito enfrascarme en la discusión más profunda de si existe ese tipo de habilidades mentales, y me limito a señalar que los ancianos no sólo no tenían idea de quién les había regalado el huevo de más, sino que ni siquiera sabrían que eso había ocurrido.

    Un escéptico seguramente, viendo cómo me esmero en eludir los argumentos más generales y profundos, seguramente me considerará pusilánime, en el mejor de los casos, o un febril Creyente, en el peor. De hecho en esa época yo tenía una idea muy clara de lo que pensaba, y continuamente la articulaba, si no clara, al menos extensamente. Sin embargo, negarme a discutirlos en esa instancia es una muestra de mi actual filosofía: esas preguntas, esas discusiones no valen la pena.

    En realidad, ahora creo que el benévolo clima fue tan sólo un golpe de suerte. Ciertamente, a lo largo de mi vida me he considerado alguien con muy buena estrella (éste es otro de los temas en que al menos parte de la comunidad de escépticos no cree. Y esto es extraño, porque aún Carl Sagan parecía reconocer que la suerte es algo real. Incontrolable, pero real). Y por supuesto que no me arrepiento de haber tenido ese comportamiento supersticioso. En el peor de los casos, es un excelente tema de conversación.

    Una pregunta más interesante, y posiblemente más difícil de responder para mí, es si en el momento en que llevé a cabo el gesto creía que eso en verdad tendría algún efecto. No lo sé, la mayor parte de los recuerdos que conservo de esos dos días son confusos, y borrosos, y están envueltos en una cursi neblina rosada de romanticismo y felicidad. Probablemente no. Sé que sabía que se trataba de un "cuento de viejas", un agüero más y siempre puede contarse con mi alma de ingeniero, que se muestra con todo su esplendoroso plumaje en los momentos menos esperados.

    Pero creo, o al menos así lo espero, que en lugar de enfocarme en motivaciones, o en lo ridículo, vergonzoso o irracional que el gesto podía ser, pensé más bien en el huevo de más para cada viejito.

    Monday, July 16, 2007

    Memoria de una adicción

    Gran parte de la gente no se da cuenta; cuando voy caminando por la calle no se cambian de acera, ni apretan sus bolsos o maletines en un gesto protector, ni buscan refugio junto al Rottwailer más cercano, ni se quedan mirándome fijamente con morbosa curiosidad. Y sin embargo, la triste realidad es que, quizá sin ser tan notoria o peligrosa, al menos para alguien distinto a mí, y sin siquiera encontrarse en un estado muy avanzado, padezco una lamentable y vergonzosa adicción.

    Casi todos aquellos los que perciben mi infamante secreto son niños o adolescentes, y los demás, los adultos, invariablemente, como yo, sufren del mal. Pues aunque esta adicción, como todas, presenta señales inconfundibles al ojo experto, si algún otro adulto las percibe en mí, quizá debido a las canas en mis sienes, deducen erróneamente que es mi hijo, no yo, la víctima del flagelo. En ocasiones incluso me hablan, con la empatía de quien desea compartir ese tipo de males familiares, que a veces resulta tan candorosa y conmovedora que soy incapaz de admitir que mi hijo mayor tiene sólo cuatro años, y no vivo con ningún primo adolescente, y que es para mí, mí, para quien estoy pensando comprar ese control, o ese juego, o ese otro accesorio de Playstation.

    Tengo mi adicción casi bajo control. La mayor parte del tiempo el Play[1] (“La otra”, como lo denomina Bibi) permanece inmóvil e ignorado, los controles amontonados de cualquier manera y acumulando polvo. A veces pasan semanas y meses durante los que no lo enciendo ni una sola vez, y soy capaz de entrar una y otra vez al cuarto de TV sin sucumbir a su seductor canto de sirena.

    Pero entonces, intempestivamente, sin motivo aparente, lo encenderé de improviso, y el tiempo perderá significado, y quedaré sumido en un trance del que sólo podré emerger dos, o seis, o hasta veinte horas después, con los tendones adoloridos por el RMS (Repetitive Motion Síndrome, o Síndrome de Movimientos Repetitivos), los ojos resecos e irritados, hambriento y, en la mayoría de los casos, trasnochado.

    Seguramente, un lector poco versado en el tema de los videojuegos, y en particular de las consolas, pensará que el uso del término “adicción” es una exageración, una expresión literaria, o simplemente una mentira. No podrían estar más equivocados. Tal como puede consultarse en el siguiente artículo de Wikipedia (en inglés).Sé que Wikipedia no es una fuente totalmente veraz y completa pero… ¿qué esperan de un adicto?

    Como todas las adicciones, empezó gradualmente: aún recuerdo la fascinación que desde un principio ejercían sobre mí las maquinitas, aún unas tan rudimentarias y simples como Space Invaders o, como las conocíamos en ese entonces, Marcianitos. Aún entonces, el año del señor de 1979, la adicción empezaba a mostrar sus feroces dientes, cuando yo ahorraba semanas enteras para poder ir a jugar un montón de fichas en Uniplay. (¿Cuántos de mis lectores, me pregunto, recuerdan qué es Uniplay?)

    Entre todas las posibles adicciones que podría haber adquirido durante mi paso por la Universidad, la de los videojuegos resultó relativamente benigna, supongo, y lo que es más, no todos sus efectos resultaron tan perniciosos como si lo hubiera sido, digamos, al trabajo.

    El inglés, por ejemplo. En las ocasiones en que debo exhibir mis capacidades en el idioma, la gente a veces se sorprende, en particular al tomar en cuenta que no me gradué de un colegio bilingüe ni he pasado más de cuatro semanas seguidas en Estados Unidos o Inglaterra. En el colegio nos dieron buenas bases, suelo contestar, algo tímidamente. Porque si bien eso es cierto, también lo es que el 80% de mi inglés lo aprendí durante los 4 semestres que, en la U, jugaba al menos dos horas diarias de Bard’s Tale. Claro que como este era un juego ambientado en un Universo Tolkieniano, mi inglés estaba algo sesgado, y por tanto mi vocabulario incluía más goblins, broadswords, halbards y bucklers que schedules, appointments o brainstorming sessions.

    Ahora, Bard’s Tale era una aventura de texto (de vez en cuando pintaban un monigote en la pantalla), así que “jugar” en este caso equivalía a leer párrafos y párrafos de descripciones (en un tipo de letra horrible, incidentalmente), consultando continuamente el diccionario, hasta llegar a las secuencias de acción, en las que uno oprimía un dígito (seleccionado el personaje) y una letra (seleccionando la acción) y luego leía una frasecita que explicaba el desenlace. Ahora encuentro casi inverosímiles los niveles de emoción que alcanzábamos al leer en la pantalla Sir Vilson inflicts 32 points of fire damage to Mad Dog, killing it! Definitivamente, la actividad sólo podría disfrutarla un adicto, nerd por añadidura.

    La coordinación mano-ojo también mejoró sobremanera. Claro está que ni antes de mi adicción ni ahora podría dedicarme, por ejemplo, a joyero, pero definitivamente pude percibir una mejora en motricidad fina. Y, lo que es más importante, mis dedos no se congelaron para siempre en un solo set de actividades, lo que me permitió aprender nuevas habilidades tarde en la vida, como mecanografiar con todos los dedos, algunas formas avanzadas de bricolage y, lo más importante, manejar los controles del Play. Lo que es, creo yo, notable en sí mismo: los controles de Playstation tienen doce botones (localizados en varias de las superficies del bicho) y dos palancas (que en distintas ocasiones también pueden funcionar como botones), necesitan ser manejados con las dos manos, y pueden resultar intimidantes para un neófito.

    (Aún recuerdo, con cierto orgullo, cuando compré mi consola en un viaje de negocios a Houston. Un compañero de oficina me invitó a comer a su casa y quedarme allí el fin de semana. Cuando sus hijas supieron que yo tenía un Playstation en mi equipaje, decidimos conectarlo al televisor grande. ¡Pero si tú sabes jugar! dijo la mayor con incredulidad Mi papá ni siquiera puede agarrar el control al derecho)

    Y tengo al menos un tema en común con niños y adolescentes, lo que es particularmente útil (y con el tiempo sólo lo será más) ahora que, gracias a mi progenie, las visitas de mojoncitos a mi casa se han ido multiplicando. (Aunque en varias ocasiones me he dado cuenta de la cruel verdad: pese a ello, para ellos no soy más que otro adulto. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de jugar XBox con un sobrinito de Bibi. Era la primera vez que yo jugaba con ese tipo de consola, y el esquema de controles es completamente distinto al del Play. La tercera vez que cometí un error que en lugar de acelerar mi auto trajo una ventana de opciones del juego, el muchachito insolente me atacó el orgullo mascullando por lo bajo Déjelo quietito, ¿sí? con ese tono condescendiente que yo utilizo con la gente que no sabe conectarse a Internet, causándole graves, si bien temporales, daños a mi autoimagen. Temporales porque, enfurecido con el pequeño insolente, aproveché las habilidades obtenidas con más de sesenta horas de Gran Turismo 4, y al final de las tres vueltas de la carrera resulté ganador)

    La adicción fue, como siempre, avanzando progresivamente. Y era costosa, quizá más que otras adicciones más comunes a las que yo podría haber tenido acceso. Cuando me compré mi primer computador, el único software legal que poseía eran los juegos que había venido comprando, previendo el momento en que tendría un equipo donde jugarlos. (Mientras tanto los cargaba en los del trabajo, tampoco soy tan previsivo). De hecho, podría decirse que los juegos fueron la primera razón de la compra de mi primer computador. Y del segundo, y del tercero, porque a decir verdad los únicos programas que ya no corrían en el modelo viejo eran los juegos.

    Para entonces, digamos 2000, los juegos eran los programas más sofisticados que podía uno ejecutar en su computador personal. No sólo los simuladores, o los shoot’em ups, sino los juegos de aventura (los equivalentes al arcaico Bard’s Tale) eran capaces de doblegar computadores de tan sólo ocho meses de edad. Para no mencionar los juegos de estrategia (Civilization, Myth o su encarnación más mainstream, Age of Empires), que cuando uno alcanza más de cincuenta soldaditos en pantalla empiezan a moverse en cámara lenta. Y así fue como, ante la disyuntiva de reemplazar una vez más el computador porque los nuevos juegos ya ni siquiera se dignaban dejarse instalar, alcancé el Nirvana.

    Por alguna extraña razón, la idea de comprarme una consola de juegos no se me había ocurrido antes. Posiblemente fue para mejor, ya que si hubiera conseguido una cuando soltero, seguramente, sin una fuerza reguladora que canalizara mi energía a otras actividades, habría permanecido soltero, al menos hasta morir de inanición un par de meses más tarde. Hasta ese momento mis impulsos de juego habían sido, quizá no exactamente razonables, pero al menos no inverosímiles. Es verdad que tenía un super joystick para mi Mac (jugar oprimiendo teclas le quita realismo al Doom más sanguinario), y una docena de juegos, pero cuando finalmente compré el Play… ahí comencé realmente a equiparme.

    Antes de volverme pirata, alcancé a gastarme mil quinientos dólares entre juegos y accesorios. (Para mi esposa, quien sólo conoce una versión censurada de mi gasto playstationístico, seguramente será una sorpresa esta cifra) Mi obsesión llegó al extremo de comprar juegos originales de carreras de autos o fútbol, no porque me gusten (que no lo hacen), sino porque sé que son los que prefiere la mayoría. Y, si contara el precio de lista de los juegos que he comprado después de ponerle chip al Play, esta cifra subiría, probablemente, a tres mil. (¿Ves mi amor? ¡Estoy es ahorrando!)

    A decir verdad la adicción fue peor los primeros días, cuando andaba calmando fiebre. (Como siempre. ¿Acaso los recién casados, o recién arrejuntados, no pierden varios kilos de peso durante esos primeros meses de convivencia?). Y durante esa primera fase exhibía los principales signos que revelan la adicción. Y, sobre todo, durante esa época envidié intensamente el trabajo de mi jíbaro. No vender juegos y accesorios, que al fin y al cabo es similar a vender enciclopedias puerta a puerta[2], sino aconsejar a su clientela sobre los mejores juegos, accesorios, trucos, etc. Y, como los jugadores que compran ese tipo de juegos generalmente también tienen predilección por el Anime, o superhéroes, o monstruos, tener la tienda completamente surtida de afiches, figuras de acción, películas, cómics y toda clase de adornos con temática fantástica.

    O sea, que el man gana plata por jugar diversos juegos al menos cuatro horas diarias, y por tener su sitio de trabajo adornada como un adolescente inmaduro. Por ejemplo, para decorar su tienda, el hombre se compró una estatua tamaño natural de Jar Jar Binks. Y ese extravagante gasto fue deducible de impuestos, aunque con certeza lo habría hecho si hubiera tenido los medios y un empleo común y corriente. Por menos que eso, yo me encontraría divorciado y en la calle.

    Y el negocio no parece ir mal, porque no sólo ha ampliado un par de veces el local, sino que tiene un par de esclavitos de tiempo completo, esos sí salidos de una película gringa. (True Romance sin las balas, o Lost Boys sin los vampiros) Podríamos decirles vagos, pero esa palabra no tiene la sonora significación de su equivalente sajón: slackers.

    Irónicamente, fue uno de esos slackers, de hecho el más locho, quien probablemente me salvó de lo peor de la adicción. Algún día yo llegué con alguna solicitud complicada, si mal no estoy llenar mi disco duro con unos veinte juegos nuevos. Veinte juegos nuevos habrían significado, en ese momento histórico, seguramente menos dos hijos (y, reitero, una esposa).

    Pese a las muchas similitudes que yo encuentro con los adolescentes y niños que constituyen la clientela habitual de esos sitios, debo darle la razón a mi esposa cuando señala que en realidad las diferencias son mayores. Pese a que la mayor parte esperaría que fuera en cuanto a madurez, intereses o cultura, en realidad creo que la mayor está sobre todo en la cultura de cliente. Los niños, y aún los adolescentes, habituados a que sea papá el que paga, y negocia, absolutamente todos los productos que consumen, por un lado, y comprando usualmente en almacenes atendidos por slackers, realmente no tienen una alta expectativa en temas de servicio al cliente. Uno, en cambio, sí, y por eso cuando el dependiente sencillamente se rehusó cargar veinte juegos en un disco duro (en retrospectiva, su posición era hasta razonable: eso le habría tomado buena parte de dos días, y el ingreso era igual al de vender seis juegos, cosa que se hace en una hora), yo me fui, fúrico, y jamás regresé a ese almacén.

    Aunque no sería demasiado difícil conseguirme un nuevo jíbaro, las tiendas que venden copias de juego pululan por todos lados, aproveché esa circunstancia para no obtener nuevos juegos, lo que en cierto modo limita mi adicción. Al fin y al cabo, los juegos que ya tengo han sido terminados (en modo fácil) en su mayoría, así su atracción es marginalmente menor.

    Sin embargo, no debe perderse de vista que hasta el momento esta, como el onanismo, ha sido una adicción solitaria, aunque no secreta, para mí. Así que he podido apoyarme en mi familia para evadir lo peor. Mi esposa, por ejemplo, consigue alejarme del PS2 con diversas técnicas, todas escalofriantemente exitosas: puede hacerse la consentida, ponerse brava, ignorarme o sencillamente organizar un plan más interesante. (Hay varios de esos a los que podemos dedicarnos en la santidad de nuestro hogar) Y mis hijos, aunque no concientemente, cuyas crecientes demandas de tiempo tienen una prioridad alta, y cuya mera existencia hace que uno desee ser un modelo adecuado (alguien que, por ejemplo, entre semana no se ponga a jugar Playstation sino que haga algo útil), han reducido el tiempo disponible para el Play.

    Hasta ahora, el PS2 ha resultado un estímulo más o menos neutro para mis hijos. Les llama la atención, pero al final del día no se trata sino de una actividad que los mantiene quietos y aproximadamente juiciosos un rato, así que tanto daría invitarlos a misa. Pero, ¿qué pasará cuando lleguen a la edad en la que las demandas de tiempo sean para jugar Playstation?... ¿Cuándo deseen echar un partidito de fútbol intergaláctico, o deseen tener un combate con espadas, o buscar un tesoro perdido en la Atlántida? Creo que nadie, honestamente, puede esperar que me mantenga abstemio. Ese momento marcará, pues, un hito para el que Bibi necesita estar preparada, el momento en que la batalla por mi alma entre el Playstation sea mucho más encarnizada, en que el riesgo de quedarme convertido en un vegetal para siempre, simplemente cambiando juegos y, de vez en cuando, yendo al baño, será no solamente real, sino que estará inquietantemente cerca.

    Difícilmente puedo esperar a que llegue ese momento.


    [1] Así lo llamamos los iniciados, “Play” o “PS2” (¡Ay de mí! ¡Aún no tengo un PS3!)

    [2] Bueno, al menos si las enciclopedias son de sexo, y uno puede sentarse a leer la mercancía durante horas si está difícil la venta