Showing posts with label humor. Show all posts
Showing posts with label humor. Show all posts

Saturday, August 29, 2009

Acerca de la durabilidad del papel higiénico. - Parte 1



Desde que recuerdo me han encantado las discusiones. Mientras más rebuscadas y bizantinas, mejor. Así, al encontrarme con muchos amigos a los que no veía desde hacía mucho más de un año, pasé una desproporcionada cantidad de tiempo discutiendo los méritos del guión de la película Up [1] , si las vernáculas conferencias de Diana Uribe constituyen o no historia [2] , la existencia de Dios [3] y la capacidad intelectual y personal del Presidente Uribe [4] . Y aunque fueron intensas y acaloradas, hasta el extremo que en uno de los casos mi interlocutor marchóse abruptamente, exasperado por yo mi negativa a aceptar la mediocridad del guión de Up [5], son uno de los recuerdos más gratos que tengo de mis recientes vacaciones en la Patria.

A lo largo de los años, muchos temas, desde el más banal hasta el más profundo, han sido explorados hasta la saciedad. Sin embargo, esta predilección se ha visto negativamente impactada por mi reciente descubrimiento de que no, después de todo yo no hablaba inglés, así que me he visto relegado a repetir las más interesantes en mi mente, mientras asiento con mirada vacía a docenas de ideas que, en Colombia, me habrían puesto a hablar por horas y horas [6] . Fue así como, en medio de una charla con unos compañeros de oficina, vine a recordar una que fue recurrente desde que estaba en los primeros semestres de ingeniería: ¿es lo que separa la comedia de la tragedia una simple cuestión de actitud?

Yo siempre pensado que no. Sin embargo, no ha faltado quien se pregunta, ¿qué pasaría si en vez de Hamlet, el príncipe de Dinamarca hubiese sido Woody Allen? Ese argumento retórico no me convence. En primer lugar porque uno puede responderse fácilmente a eso, viendo el primer segmento de Todo lo que usted quiso saber del sexo pero no se atrevió a preguntar. Y en segundo porque, pese a que esta al parecer ha sido una duda permanente en el caso de Allen (aparte de Todo lo que usted… podemos ver visos de la misma en La última noche de Boris Grushenko, Recuerdos del Stardust, y Poderosa Afrodita), en su más reciente exploración del tema (Melinda & Melinda donde, probablemente temeroso de que el público de Loco por Mary y American Pie no captara la sutilieza del comentario, lo expresó específica y abiertamente), la mitad de la película que era comedia estuvo un poco sosa. Y es que, por muy Will Ferrell que uno sea, para que una situación pueda considerarse comedia, tiene que ser cómica.

Algo muy diferente, es que a veces son situaciones que suenan trágicas pero que, en realidad son tremendamente graciosas.

Por ejemplo, el año nuevo de 1980. Los negocios de mi padre continuaban declinando. Mis padres habían tenido una pelea mucho más grave de lo habitual y ella, por primera vez, había mencionado la posibilidad de separarse. Se incendió mi casa. Y, sin embargo, es uno de los recuerdos más divertidos que tengo.

No recuerdo por qué fue esta pelea en particular. Posiblemente porque mi padre había empezado a tomar antes de lo usual. Por un lado entiendo a mi mamá. Las borracheras ajenas nunca son divertidas cuando uno está en su sano juicio, y tiene que preocuparse por temas mundanos como Hay que arreglar a los niños, o, Tenemos que llegar temprano. Y las de mi padre, al cabo de muy poco tiempo, dejaban de parecer divertidas aún para sus contertulios. Pero, sin justificarlo, entiendo a mí papá. Sin muchos temas en común con sus cuñadas, las reuniones familiares eran aburridas para él, aunque en el sentido en que remar en una galera debía resultar aburrido para los galeotes.

Y, al fin de cuentas, sería más o menos como si Bibi se pusiera brava conmigo por jugar Playstation.

Ahora que lo pienso, la idea de lo brava que se pondría ella si llegáramos tarde a un compromiso porque me puse a jugar Playstation me causa escalofríos. Lo siento, papi, empatía cancelada.

La teatral salida de mi madre tenía como objetivo que él, luego de darse cuenta de su monstruoso proceder y atormentado por su conciencia, llegara humildemente a la casa de mis tías, a pasar juiciosamente el Año Nuevo con nosotros. Ese plan hubiera tenido tristes posibilidades de éxito con él en su sano juicio, pero con unos tragos encima era una propuesta perdedora en su incepción. Libre de ataduras, mi padre simplemente se dedicó a inventariar los vecinos que podrían resultar compañeros de tragos, es decir los que estaban, y guiarlos a una tienda.

Tras más de diez años de matrimonio, sin embargo, mi madre tenía claro que si no llegó durante la primera media hora, mi papá ya no iba a aparecer, así que cortó un poquito la longitud de la visita, así que salimos de donde mis tías, a unas quince cuadras de nuestra casa. Lo que fue una suerte, porque al llegar encontramos un corrillo en la esquina en la que pensábamos como "nuestra".

-Fernando, vaya averigüe qué pasó.-ordenó mi mamá con aprensión.

Nuestro temor usual era que los ladrones se hubieran metido a la bodega, pero un par de preguntas después, me enteré con alivio que no, que lo que ocurría es que una casa se había incendiado, una que tenía una bodega. Qué raro, pensé, yo creía que la nuestra era la única con bodega en este barrio. Ahora, no estaba siendo obtuso, ni demasiado distraído. Cuando pienso en una casa incendiada me imagino algo dramático: llamas saltando incontenibles por el techo, vidrios explotando y chapas derritiéndose. En fin, Infierno en la Torre. Mi casa, en cambio, una mole esquinera de ladrillo, estaba incólume.

Salvo por la plumilla de humo que se escapaba por debajo del portón de la bodega, que era casi imperceptible en el ambiente, enrarecido por la pólvora callejera.

Aún dudoso, caminé hacia el portón metálico, y lo toqué con no demasiado aplomo. Estaba caliente. No hirviendo, no lo suficiente para quemar, ni nada por el estilo, pero lo bastante como para no dejar dudas sobre el tamaño del fuego que había al otro lado. La bodega no era un garaje que hubiera sido designado como tal, no. Había sido construida ex profeso, y era en esencia un cajón de concreto, de 15 metros de ancho, 10 de fondo y 5 de alto. Y el portón era una mole de metal café, de unos 10 por 4, tan robusta que, literalmente, resistiría una colisión frontal con un automóvil.

En 1980, sin perder Termodinámica por primera vez, yo todavía tenía muy claro que, por más buen conductor del calor que fuera el metal, la temperatura en el interior de la bodega debía ser demasiado alta. Uno habría pensado que, ante esas noticias y una inminente tragedia, yo habría salido corriendo como una loca a avisarle las noticias a mí mamá, pero no. Siempre he vivido aquejado por un exceso de preocupación por la imagen que los demás tengan de mí [7]. Así que, caminando con lo que yo imaginaba era aplomo y dignidad, me acerqué discretamente y le dije que había que llamar a los Bomberos.

Continuará.


En el próximo episodio:

  • Algunas diferencias entre la tragedia y el melodrama

  • No todo tiempo pasado fue mejor

  • La Brigada de Bomberos Borrachos de La Ponderosa

  • Felicidades y buenos deseos… casi

  • No precisamente Rescue Me





  • [1] Yo tenía razón y mi amigo estaba equivocado.
    [2] Yo tenía razón y mi amigo estaba equivocado.
    [3] Yo tenía razón y mi primo estaba equivocado.
    [4] Yo tenía razón y mis amigos estaban equivocados. Y estoy dispuesto a apostar plata que nadie que me conozca hubiera adivinado de qué lado estaba yo en esa discusión.
    [5] O, por lo menos, que él habría podido escribir uno bastante mejor si se hubiera decidido a hacerlo.
    [6] Que los créditos de las películas sean mejor en el final o en el principio, por ejemplo.
    [7] O, para decirlo de una manera menos benevolente, he vivido del "Qué dirán".

    Thursday, December 18, 2008

    Sir Vilson, el Incompleto


    No soy fan de la anestesia general. De las seis ocasiones en que he sido anestesiado, en tres he despertado con mi anatomía disminuida, en una tuve una penosa recuperación de quince días, y en las otras dos, fui abusado con cámaras de video por sendos extremos de mi aparato digestivo [1] (No al mismo tiempo, téngase en cuenta, que yo sepa nadie podría someterse a una endoscopia y una colonoscopia simultáneas, salvo, tal vez, Ilona Staller).

    En aras de mantener este blog estrictamente PG-13, pienso discutir solamente las partes que incluyan mutilaciones sangrientas, eludiendo las más evidentes alusiones sexuales.

    La primera intervención a la que me sometí fue la varicocelectomía izquierda. Varicocele, o venas varicosas testiculares, son venitas que se hinchan alrededor del testículo, envolviéndolo en un capullo. Por más cómodo y cariñoso que eso suene, es realmente maluco, ya que ese colchón venoso sube la temperatura del escroto, y puede fastidiar la capacidad de los testículos para producir espermatozoides. Y todos sabemos que la función secundaria de los testículos es producir espermatozoides. (La principal es ser pateados por los cochinos malvivientes en las peleas colegiales lo que, a su vez, produce varicocele.)

    No sé qué clase de muchachitos asistían al jardín de infantes conmigo, pero yo tuve varicocele desde que tengo memoria. Hasta tal punto que solamente decidí tomar acción al respecto cuando me enteré de los nocivos efectos del Calentamiento Hueval, que acabo de describir. El doctor que finalmente ordenó la cirugía me explicó que los varicoceles se clasificaban por grados según su severidad. El mío, un amasijo de venas que envolvía totalmente el testículo izquierdo y era posiblemente más voluminoso que éste, alcanzó a calificar para grado 3, que es el máximo.

    –¿Y usted nunca se dio cuenta que tenía algo ahí?–me preguntó severamente al concluir el examen.

    En aquella época, incluso más que ahora, era importante para mí dar una respuesta ingeniosa, aún a costa de mí mismo:

    –Pues la verdad, doctor, yo pensaba que sencillamente era medio huevón.

    Esa primera intervención salió bastante bien, pese a ser una flagrante violación al principio pitagórico de “mantener las cosas afiladas lo más lejos posible de las pelotas”. Es más, entiendo que a gente más valiente que yo, suelen hacérsela con anestesia local. Pero yo no le halé a eso. Estar despierto mientras a uno le tasajean sus genitales es bastante malo pero, ¿escuchar los comentarios, o peor, la risa burlona de alguna enfermera? Eso puede causar traumas irreparables.

    Al final, la intervención fue ambulatoria, y al cabo de uno o dos días de descanso, estaba caminando normalmente. Bueno, quizá con un leve aire a John Wayne por un par de semanas, pero no más.

    La segunda vez que fui generalmente anestesiado, fue para reparar los daños que El Fibra había hecho a mi tabique nasal diez años atrás [2]. ¿Por qué tardé diez años en arreglarme el tabique? En mi familia, la medicina era un producto de lujo. Uno iba al médico cuando estaba enfermo y, si podía caminar, evidentemente no estaba enfermo. Esta ética me acompañó durante toda la universidad y sólo cuando empecé a trabajar me enteré que los dermatólogos podían curar dolencias como el acné y la caspa, y no solamente la lepra.

    Esta fue, de lejos, la peor recuperación. Estuve tres días hospitalizado, y tuve un par de descomunales placas de plástico metidas en la nariz por dos semanas. Los cornetes me dolieron por una semana entera. Los puntos internos de la nariz tardaron más de un mes en cerrase, y durante ese tiempo el aire que respiraba estaba enriquecido con coágulos microscópicos [3].
    En fin, en esa época comencé a sentir una enorme admiración por el estoicismo con que las mujeres soportan los más brutales procedimientos sólo en nombre de la estética [4].

    La tercera vez, perdí mi vesícula biliar. Esta es la intervención que más me molesta porque creo que habría podido evitarse con relativa facilidad. La dolencia que resultó en esa operación empezó más o menos tres años antes, cuando tuve que ir a urgencias por un terrible dolor abdominal. En Urgencias de la Clinica Santa Fé me atendió uno de esos estudiantes de medicina que a duras penas se merecen que llamen “doctor”.

    –Ese dolor puede ser el apéndice. O puede ser el hígado. Aunque no descarto el páncreas, ni…–y a continuación, procedió a hacer una lista extensa de mis asaduras, de la que la vesícula biliar se hallaba conspicuamente ausente. Yo, que en esa época no le pedía una segunda opinión a Wikipedia, estaba pendiente de sus palabras.

    Al final, el hideputa diagnosticó “gastritis”, de modo que a partir de ese momento, las dos o tres veces que resulté en Urgencias por el dolor, su fatídico diagnóstico inicial [5] sesgaba a los que me atendían, así que nunca buscaron nada más. Solamente la última vez, ante el dolor tan intenso que aparentemente no se ajustaba a la sintomatología de la gastritis, al residente de turno se le ocurrió pedir una ecografía y descubrió que mi vesícula biliar tenía la forma y tamaño de una bola de voleyball. Entonces, sabiendo que esa es una enfermedad dolorosa, el doctor finalmente se convenció de que mis quejas eran sinceras (increíble que una simple ecografía haya sido más convincente que dos horas de súplicas y lágrimas ininterrumpidas), y me prescribió morfina.

    Es la única vez que me han inyectado morfina. Y debo de decir que ¡vaya!... Por un tiempo estuve pensando en sembrar un jardincito de amapolas en unas macetitas del apartamento, ¡Qué droga tan dura!... Recuerdo claramente la sensación: apenas desocuparon la jeringa dentro de mi suero intravenoso, sentí adormecerse absolutamente todo mi cuerpo. Excepto la vesícula, que siguió doliendo endiabladamente. Me dormí pensando “Esto no puede ser…”.

    Aparentemente el órgano de marras estaba ya más allá de toda salvación, porque medio me reanimaron para que firmara un formato de consentimiento médico [6], y la siguiente vez que me desperté, ya no tenía vesícula.

    La última anestesia, hasta ahora, la recibí hace ocho días, aquí en Canadá, por una apendicitis. Hacerle justicia al cuento haría esta entrada insoportablemente larga, así que, esta historia continuará.




    [1] Tengo una pequeña apuesta con mi esposa. Ella dice que esa frase es innecesariamente confusa, y que nadie va a entender lo que quise decir. Yo opino que un lector habitual de mi blog estará acostumbrado a mi estilo, por un lado, y no tendrá problema en saber que la frase anterior es sinónimo de “fui abusado con una cámara de video por cada uno de los extremos de mi aparato digestivo, a saber la boca y el ano”. Si quieren, ayúdenme a definirla en los comentarios.
    [2] Les debo esa historia.
    [3] O al menos eso me imagino.
    [4] Dicha admiración aumentó gradualmente después del parto de mi esposa, pero se multiplicó muchas veces cuando me depilé la espalda con cera.
    [5] Que yo, estúpidamente, les informaba cada vez.
    [6] Que los autorizaba, en esencia, para hacer con mis tripas lo que les viniera en gana.

    Tuesday, June 03, 2008

    Síndrome de Ulises 4: Sir Vilson Contra la Labor

    o
    De cómo un colombiano gordito y sedentario ayudó a trastearse a 64 amigos

    En retrospectiva, no estoy seguro de por qué acepté. Técnicamente aún trabajaba para The Personnel Department, la empresa de empleos temporales en la que me había alistado (ver entrada anterior), pero para entonces ya sabía que sólo iba a ser cuestión de tiempo empezar en mi nuevo y más prestigioso empleo: tres días si escogía EnCana, dos semanas si escogía BP. Así que cuando mi jefa llamó a ofrecerme un día de "Labour" (Utilizada como sinónimo no de Trabajo honesto, sino de Partirse el espinazo haciendo ejercicio físico) debí simplemente haberla mandado a paseo, si me sentía valiente, o más bien, dado que la última vez en mi vida que me sentí valiente El Fibra me rompió el tabique, decirle que tenía una vuelta urgente e inaplazable justo a esa hora.

    Pero no lo hice. En vez de eso escuché con atención la descripción de la tarea (En el Hotel Coast Plaza van a renovar las habitaciones, y necesitan alguien que los ayude por uno o dos días. Pero mira la ventaja, no tienes que vestirte elegante para esa tarea[1]) y me sentí un duro negociante al aceptar tan sólo un día.

    El Hotel Coast Plaza queda en la parte Noreste de Calgary, que puede argumentarse es la zona más fea de la ciudad, y está cerca del aeropuerto (siendo Bogotano cuando pienso en "Hoteles cerca del Aeropuerto" la imagen que viene a mi cabeza es "Coconito" más que "Forte Capital", así que sentí algo de curiosidad morbosa, lo que hasta cierto punto influyó en mi decisión de aceptar), sin embargo aparte de ser algo viejo no tiene ningún problema que salte a la vista (se imaginarán mi decepción). Es uno de esos hoteles viejos y más anchos que altos que en mi mente siempre están asociados a nobleza venida a menos. El lobby estaba bastante bien cuidado, hasta lujoso, pero de antemano podía imaginarme sus pasillos: el alfombrado, mullido y opulento en una época estaría algo raído, el papel de colgadura, descolorido, la iluminación sería rancia y amarillenta, en todo caso insuficiente, y tendría un olor a viejo muy cerca del límite de lo desagradable (aunque quizá del otro lado).

    En este caso, acababan de renovar el piso 6 (de donde deduzco que en algún supermercado especializado deben vender aromatizador con esencia de hotel viejo, porque olía igualito a uno que no se hubiera renovado en lustros), y nuestra misión consistía en reemplazar los antiquísimos colchones por unos nuevos. Cuando llegué al piso 6, encontré que al menos la cuarta parte del trabajo ya estaba terminada, y que todas las cajas de resortes (el paradigma de las camas canuk fue nuevo para mí: aún las camas matrimoniales consisten de una especie de soporte metállico, como un catre, encima de ello una

    Box Spring que, como su nombre lo indica, es una caja de madera con muchos resortes en su interior, y que hace las veces de tablas de la cama, y encima el colchón propiamente dicho.) estaban colocadas frente a los cuartos, como soldaditos esperando inspección. Ahora, escuchar hablar de 32 colchones que hay que mover es muy distinto de verlos uno junto a otro esperando ser transportados, y esa fue la primera vez que cuestioné la cordura de mi decisión.

    Sin embargo, recordando el cliché aquel de que lo más difícil de cualquier tarea es empezar, lo racionalicé pensando que mover un colchón es más o menos el favor que uno haría para un amigo que se estuviera trasteando (al menos las veces en que no pueda uno encontrar una excusa convincente para sacar el cuerpo sin quedar como un zapato). En este caso, estábamos hablando de 32 colchones tamaño Queen, así que era más como ayudar a 64 amigos (Estoy partiendo de la suposición que en cada caso se trata de una pareja de amigos casados. Por principio, no ayudaría a trastear su cama a ningún soltero cuya agitada vida social le exija contar con una cama Queen Size, viendo que durante mi época de soltería yo me las arreglé adecuadamente con una semidoble).

    Repetir el proceso 64 veces me dio tiempo para contemplar una gran cantidad de temas. En particular, a partir de la cuarta iteración, una enorme gratitud porque:

    Los colchones, es decir la parte de la cama que me correspondía mover que había tenido un contacto más directo con la anatomía de los clientes, ya habían sido sacados del edificio, y

    El Coast Plaza, contrario a mi primer presentimiento, hubiera resultado no ser un Motel. Viendo las pintorescas manchas de algunas de las cajas de resortes me daban escalofríos de pensar en lo que me habría encontrado si lo hubiera sido.

    Pese a que contábamos con un carrito para ayudarnos con la carga, los pasillos eran algo angostos, así que a fin de cuentas resultó menos engorroso simplemente cargar a mano todo entre el ascensor y las habitaciones. Como empezamos con los cuartos más cercanos al hall, el recorrido se hacía progresivamente más largo a medida que el trabajo avanzaba. Y como el cansancio también aumentaba, la imagen del pasillo comenzó a hacerse más ominosa con cada viaje, hasta el punto que para media tarde ya me sentía identificado con Danny Torrance en The Shining (si nunca vieron la película, aquí está la escena en cuestión, bendito sea YouTube. Es desde el segundo 25, más o menos).

    Después de pasar todo el día acarreando pesados colchones, uno pensaría que lo más lastimado serían los músculos de los brazos y piernas, y posiblemente la espalda. Lamento informarles que no fue así en este caso, sino que el mayor trauma lo recibió mi glándula pituitaria. (Por si no estaban poniendo atención en biología de 3ro Bachillerato, u octavo grado, una de sus funciones es olfatoria.)

    Detrás de las puertas que restringen la entrada del personal no autorizado en los hoteles, bares y restaurantes, existe un submundo oscuro y repulsivo, desconocido para los clientes más afortunados. Llámese esnobismo, discriminación o simple pereza, esa puerta da al personal una licencia para establecer un estándar sensorial notablemente distinto en cada lado, de hecho cuando por algún motivo los restaurantes cuentan con una cocina particularmente presentable, la exhiben como una medalla al mérito (ver el caso de El Corral, en Colombia). Aún en aquellos sitios, como este, en los que no salta a la vista ningún riesgo evidente contra la salud pública (por ejemplo un populoso nido de cucarachas en la alacena, como me encontré hace casi veinte años en mi primer trabajo remunerado, en la Taberna Internacional), el espectáculo no será nada agradable.

    En este caso, una vez salíamos del ascensor esgrimiendo pedazos de cama, entrábamos a la cocina por una de esas puertecillas mágicas, y debíamos recorrer un largo pasillo (ahora que lo pienso bastante similar al que se muestra en los primeros 25 segundos del mismo clip de El Resplandor que mostré más arriba... y el lobby también tenía ese aire del Hotel Overlook. Creo que si mis caminos vuelven a llevarme al Coast Plaza Hotel buscaré con mucho cuidado una foto vieja de Jack Nicholson [2]) hasta salir al patio trasero, donde el camión nos esperaba parqueado junto al container de las basuras.

    Era martes en la mañana después de un fin de semana largo (los canadienses tienen casi tantos lunes de fiesta como los colombianos, lo cual fue una agradable sorpresa), y en el pasillo quedaban los restos de las fiestas del domingo: platos de pasabocas medio vacíos, docena y docenas de vasos sucios, y una que otra olla. Los efluvios eran tan espesos, que pensé que iba a necesitar un machete para abrirme camino a través de ellos. Es más, la única razón por la que no llegué a casa impregnado del nauseabundo aroma del Bloody Mary rancio es que el olor a basura asoleada que escaba por las grietas del container era mucho más penetrante. Ah, y al lado del container de la basura general había uno más pequeño, destinado a almacenar exclusivamente residuos de grasa y aceite orgánicos, y que, a juzgar por su aspecto, estaba lleno a reventar con los restos de todos los huevos con jamón, costillitas BarbQ o churrascos del fin de semana. (Nunca había caido en cuenta de lo repugnante que es Fight Club, y lo desagradable como ser humano que debe ser Chuck Palahniuk, para inventarse esas porquerías)

    Durante los primeros dos o tres viajes pensé que no iba a ser capaz de continuar, a causa del olor. Sin embargo, en algún lado leí que nuestro olfato se acostumbra muy rápidamente a cualquier olor, por repugnante que sea, y deja de registrarlo al cabo de treinta segundos. Lo cual tiene sentido, pues de lo contrario los beduinos (quienes no pueden desperdiciar la poquita agua que encuentran en el desierto en frivolidades como bañarse el trasero), los esquimales (quienes durante los inviernos duros a veces deben untarse grasa de foca[3] en la piel debajo de cuatro o cinco capas de ropa), o los franceses (quienes son desaseados sin una excusa concluyente) habrían dejado de reproducirse hace varios siglos. Así que a media mañana yo sabía que el sitio apestaba, y que yo probablemente también lo hacía, pero esto era un dato más, que yo almacené en mi mente junto las estadísticas sobre el SIDA, y continué con mi trabajo[4].

    Puede que no esté seguro de los motivos que me impulsaron a aceptar el trabajo, sin embargo sí sé por qué no lo dejé botado en mitad del día. No fue por temor a que no me volvieran a contratar del Personnel Department, el orgullo personal de no rendirme ante un reto aparentemente muy grande, o el orgullo profesional de no dejar un trabajo a medias. Aunque hubo algo de todo aquello, lo que realmente me permitió salir adelante fue el mantra de Esto lo voy a poner en el blog que repetía incesantemente cuando me sentía a punto de rendirme.

    Así que fue obvio que, cuando Jen me llamó a pedirme que regresara el día siguiente, puesto que todos habían quedado muy impresionados por el buen trabajo que había hecho, me negué educadamente.

    Una entrada sobre este tema es más que suficiente.



    [1] Con tan sólo tres conversaciones, Jen se había dado cuenta lo mucho que odio el traje y corbata

    [2] No hay ningún clip que sirva si no entendió la referencia; más bien vea la película, es buena

    [3] O, como la llamo yo, focking grasa

    [4] Me permito aquí una reflexión mojigata y probablemente repetida sobre la desensitivización que tiene la ubicuidad de los medios. Es cierto que las imágenes sobre la crisis en Myanmar, o el terremoto en Asia, llevaron a la acción a mucha gente, pero me atrevo a adivinar que aquellos que actuaron lo hicieron apenas se enteraron del problema y de cómo podrían ayudar. Me temo que las consecuentes repeticiones de las mismas imágenes, con los mismos comentarios grandilocuentes de los periodistas pomposos tan sólo sirvieron para que aquellos menos generosos de nosotros nos habituáramos a la situación, y convirtiéramos esa tragedia en una idea anodina que da vueltas por nuestra mente sin ninguna consecuencia

    Sunday, September 30, 2007

    Esclavo de Facebook

    Hace un par de semanas decidí subirme al bus tecnológico-cultural más reciente, y abrir mi cuenta en facebook.

    Si usted está leyendo este blog, es altamente probable que ya sepa qué es facebook, e incluso ya tenga su propia cuenta. Pero, sólo por si está usted leyendo en una hoja impresa o un pergamino manuscrito, he aquí una rápida definición de facebook. Según ellos, "Facebook es una utilidad social que conecta a la gente con amigos y otros que trabajan, estudian y viven alrededor de ellos". Ahora que esta definición está escrita en la neolengua de Internet, así que requiere algo de traducción:

    La palabra social quiere decir que no tiene una promesa clara de valor para el usuario. No le ofrece entretenimiento, ni la oportunidad de volverse rico, ni de conocer nuevos amigos, ni siquiera la quimérica oportunidad de levantarse una nena buenísima (creyendo que lo está basándose en la foto que ella escogió después de tomarse un centenar, en el improbable caso de que en efecto sean fotos propias).[1] La palabra utilidad en ese contexto, significa que jamás será usado para nada ni siquiera remotamente útil.

    Y la palabra alrededor también se usa en un sentido distinto al físico. Después de todo, sería mucho más fácil decirle un Q'hubo, qué más al vecino de cubículo que mantener un website con información personal, y pasar todo el día mirando subrepticiamente sobre el hombro para ver si finalmente leyó su status, que anuncia que usted tiene un brazo roto.

    En el pasado, había recibido invitaciones para unirme a diferentes grupos de amigos (Sonico, Hi5, Ringo), pero como generalmente venían de las mismas personas que me enviaban correos que Conviértete y cree en el evangelio o El mundo es bello o Si se toma esa lata de cerveza sin lavar, le van a quitar los riñones y lo van a dejar sin ojos frente al supermercado así que me había mantenido medio alejado, pensando que podría ser viral. Decidí unirme a facebook cuando recibí la invitación de alguien que jamás enviaba correos grupales, y tampoco tenía el aspecto de niño asomado a la ventana suplicando a todos si quieren ser su amigo (no mucho, al menos), pensando que si este loco lo utilizaba, entonces facebook debía ser algo menos adolescente, y quizá útil... Oh, qué equivocado estaba, no sospechaba que en realidad se trataba de algo mucho más insidioso.

    Inicialmente, no estaba muy seguro de lo que podía esperar de facebook. ¿Era una especie de directorio? ¿Era una especie de correo electrónico? ¿Era un blog? Obviamente aún no me desprendía del paradigma de que si uno iba a conectarse a Internet y teclear como un desesperado durante tres horas, necesitaba un propósito.

    Después de configurar mi cuenta y sufrir mi primer desencanto (¿Y eso es todo? ¿Una pared donde la gente escribe mensajes de graffiti? ¿Para qué necesita uno mensajes de graffiti si tiene correo electrónico?), lo analicé un rato hasta que me di cuenta que del poder del cibervoyeurismo. Un correo electrónico está muy bien, pero tiene el inconveniente de limitar la conversación al remitente y el destinatario, a menos que uno de los dos envíe copia oculta a otra docena de personas, lo que suele considerarse en contra de la Etiqueta. Y, claro, que todas los amigos le digan a uno que lo quieren, que uno es una putería, etc. está muy bien también, pero es diez veces mejor que lo hagan en un sitio público donde todo aquel que pase pueda leerlo. Además, ¿cómo más se van a enterar todos que alguien del curso le decíamos Carearepa o El Costra?

    Y de hecho éste fue tan sólo el primero de los muchos cambios que el concepto de facebook ha tenido en mi mente, como será evidente más adelante.

    Cuando la cuenta queda lista, uno se enfrenta a la primera decisión: ¿qué es un amigo? El tipo con el que me conozco desde que estaba en bachillerato y me emborracho regularmente no tiene cuenta aún, ¿será un sucedáneo aceptable el vecino de parqueadero con el que a veces me cruzo? ¿Y si es el vecino del apartamento del frente, a quien me encuentro regularmente pero que no soporto? Al final, entendiendo que internet ha redefinido las relaciones humanas, utilicé un criterio relativamente amplio, y terminé añadiendo a todas aquellas personas cuyos datos habría almacenado en una agenda.

    Una vez tuve mi lista inicial de amigos (unos 20, primordialmente del trabajo), me encontré que debía esperar a que mis amigos confirmaran que en efecto lo eran. Generalmente trato de no poner mi ego en una situación tan riesgosa, ¿y si todos rechazaban mi solicitud, razonando que ser amigo mío en el mundo real es una experiencia lo bastante confusa sin necesidad de transplantarla al ciberespacio, y me quedaba tan sólo con el tipo que me invitó a mí? Me imaginaba a los administradores de sistema sacando reportes de uso, y codeándose ante el usuario con un sólo amigo. Aunque sé que es un evento muy poco probable, incluso una probabilidad de uno entre un millón parece excesiva si este evento es que un supernerd por definición se ría de uno por tener pocos amigos.

    Pero mis temores resultaron infundados, y todos los invitados contestaron que bueno.

    Cuando llegué al otro día al trabajo me sentía algo emocionado. A medias esperaba un saludo secreto entre los demás miembros, o cuando menos una efusiva bienvenida. Que, por supuesto, nunca llegó. Aún tenía la idea equivocada sobre facebook, lo consideraba una logia. El primero de mis cofrades con que me crucé esa mañana es un tipo, muy buena gente, que se sienta en el cubículo diagonal al mío que, por una feliz coincidencia, había confirmado su amistad conmigo el día anterior.

    —Q'hubo hermano, ¿qué más? ¿Está en facebook, no?—dije animadamente. Mi amigo, en cambio, se vio algo incómodo.

    —Eh… ah… sí. Sí, es muy chévere…—contestó evasivo.

    Yo estaba convencido (equivocadamente) de que facebook sería un excelente tema potencial de conversación: cuándo se inscribió, quién lo invitó, qué opina, etc. Si el tipo no había arrancado, seguramente se debía a un deficiente lance de entrada, así que intenté una vez más, esta vez con un tema menos cotidiano para garantizar el diálogo:

    —¿Conque es un zombie de tercer nivel, no?

    Él tipo no contestó directamente, sino que exclamó: "¡Maldito facebook!"

    Ahora, que no especificó por qué lo maldecía. ¿Porque facebook le facilitaba perder el tiempo en un juego tan inútil como el de los zombies? ¿Porque además de lo anterior yo me había dado cuenta, y preguntándole lo había divulgado a los cuatro vientos? ¿O simplemente porque el tipo del cubículo diagonal había encontrado finalmente una excusa para hacerle visita?

    Ante tal ambigüedad, decidí dar por terminados mis intentos de conversación. Y se me ocurrió que quizá era una transgresión a la etiqueta de facebook. ¿Era facebook como un Club de la Pelea, donde la primera regla era no discutirlo?

    Eliminada la opción de hablar de facebook fuera del ciberespacio, sólo me quedaba la opción de conectarme y ver qué podía hacer con mis amigos en línea. Mis alternativas eran más bien limitadas: además de catalogarlos, y ordenarlos por distintos criterios, únicamente podía ponerme a averiguarles la vida, sus preferencias, experiencias y, en algunos casos, signo zodiacal. Mirar sus fotos, leer lo que todos les escribían en la pared. Esta es la razón por la que las consultas a facebook requieren un tiempo progresivamente mayor: imaginen un proceso de investigación sobre un tema que cada vez va en aumento.

    Además, facebook, mediante esta información, le permite interactuar con sus amigos sin necesidad de comunicarse con ellos. Puede uno ver cuál ha visitado las mismas ciudades, escucha la misma música, disfruta actividades afines, ha dado respuestas similares a preguntas aleatorias, etc. Uno verifica el estado para ver cómo se está sintiendo, y como usualmente este estado es completamente explicativo, no necesita llamar a pedir detalles. Se da cuenta si está buscando o no novia, para presentarle (a través de facebook, por supuesto) un amigo/amiga. Chequea los álbumes de fotos para ver qué tanto se divirtió en la última reunión a la que uno no estuvo invitado. En fin, eliminando todos los requerimientos de contacto, facebook ha facilitado significativamente las relaciones humanas.

    Todo este ciberfisgoneo lo lleva a cabo uno mediante aplicaciones que se adicionan a facebook[2]. Las aplicaciones de facebook son múltiples y diversas, pero se encuentran dentro de cinco categorías muy bien definidas:

    • Aquellas cuyo objetivo es mostrar lo interesante que es uno (a dónde he viajado, cuál es mi horóscopo chino, cuál es mi aforismo de hoy)
    • Aquellas cuyo objetivo es mostrar lo buena gente que es uno (envío de regalos, cervezas, horóscopos, pensamientos positivos y galletas de la suerte)
    • Aquellas cuyo objetivo es demostrar que uno es mejor que sus amigos (todos los jueguitos caen en esta categoría, donde la mejor parte es un score que compara sus resultados con los de su combo)
    • Aquellas cuyo objetivo es demostrar las capacidades de liderazgo de uno, en particular la capacidad de convencer a un grupo enorme de gente de volverse vampiro, o ninja, o jedi, o entrar a Mardi Gras, o asistir a Oktoberfest, o cualquier otra banalidad similar
    • Aquellas cuyo objetivo es compararlo a uno con sus amigos, y determinar claramente el orden social de los grupitos

    Aunque, cada vez más frecuentemente, son una mezcla de todas las anteriores.

    Ahora que de todas las aplicaciones, la más importante, o al menos la primera que uno ve si entra a su página "home", es la de las noticias. Este es un listado de eventos donde muestra las actividades y cambios que sus amigos van teniendo. De hecho uno puede configurar el nivel de detalle de las historias, pero el que viene por defecto es del estilo de "Pepito tecleó una x".

    Fue al darme cuenta de esto, que tuve otra revelación sobre la naturaleza de facebook. Había llegado a la conclusión que era simplemente una lista de amigos, pero ahora me di cuenta que de hecho el amigo era facebook. Pues, ¿con quién era que yo interactuaba continuamente? No con Toño, o Bibi, o Mario, no. Era con facebook.

    Y no es un amigo común y corriente. Es un amigo chismoso, que me tiene al tanto del más mínimo movimiento de los demás —Juanita es ahora amiga de Margarita Osuna (cuando yo no tengo ni la más remota idea de quién es Margarita Osuna), Mario subió nuevas fotos, Bibi cambió su perfil con sus nuevas preferencias sexuales, Christian jugó al World Traveller IQ y sacó 432,560—. Es un amigo lagarto que continuamente está prestando los juguetes de los demás. Es el amigo harto que compensa todas sus falencias presentando entre sí a sus conocidos, y generalmente haciendo el papel de traficante de favores —Yo no sé jugar basketball, pero aquí le traigo este man para que arme el equipo de su colegio; yo no tengo carro, pero este tipo lo ayuda con su trasteo; yo no tengo ni idea de cálculo, de hecho estudio culinaria, pero este loco le explica lo de las integrales; yo trabajo en otra empresa, pero tengo una amiga en recursos humanos allá donde usted quiere trabajar, páseme su hoja de vida—, como un Stingray de pacotilla.

    En fin, facebook es la clase de amigo perdedor que usted conoce generalmente porque venía adosado a otro grupo de amigos (y que si uno se pone a indagar se da cuenta que nadie del grupito recuerda haber sido el que lo trajo), aquel al que usted sólo llamaría a una fiesta si no tiene otra alternativa, y cuyas llamadas sólo responde después de meditarlo un buen rato. Y aún así, vea usted la cantidad de tiempo que usted está pasando con él.

    La configuración de la cuenta de facebook es una tarea por definición interminable. Nuevas aplicaciones van apareciendo, y cada vez más amigos van matriculándose. (Yo, que de haber nacido en la edad media habría sido el ermitaño que vivía en la torre más alejada y le echaba plomo fundido a los peregrinos que pedían posada, voy en setenta y tantos). Poco a poco, uno se da cuenta que su más asiduo remitente en el correo electrónico es facebook: Pepito quiere ser tu amigo, Juanito te invitó a participar en (aquí inserte cualquier actividad increíblemente divertida en la vida real, y que sea suceptible de interpretarse como un soso intercambio de mensajes), Perencejito lo marcó en una foto. Y que, para mantener sus mensajes al día, uno resulta conectándose en la mañana, a mediodía y en la noche. Por horas y horas.

    Y entonces, se da cuenta de la verdadera naturaleza de facebook. No es un amigo absorbente. Es una novia absorbente y brava, con la que hay que reportarse continuamente. Bajo esa óptica, resulta obvio que todas las invitaciones a conocer nuevos amigos, y participar en nuevas actividades es sencillamente un truco para controlarle a uno la vida. "Camine nos tomamos una cerveza. No puedo, tengo que actualizar facebook, pero ahí le mandé un tequila." "Ole, ¿por qué no vino al asado? ¡Perso si ustedes ni siquiera lo publicaron en facebook!" "Oiga, ¿finalmente qué pasó con la tetoncita borracha de la otra noche? Pues nada, la vieja ni siquiera tiene cuenta en facebook."

    En este momento, sólo una decisión es sensata si tengo intención de conservar algún control sobre mi vida: debo terminarle a facebook.

    P. D. Dos semanas después de terminar este artículo, no sólo no he cerrado mi cuenta en facebook, sino que activamente estoy reclutando nuevos miembros y cargando cuanta aplicación nueva veo.

    ¿Usted creyó que era difícil terminarle a la flaca de frenillo que se rumbeó en la fiesta de segundo semestre, y que comenzó a presentarlo como "su novio"? (O, para las mujeres, el flaquito de gafas y acné que después de la fiesta empezó a invitarla a juegos de rol todos los sábados) Intente hacerlo con facebook.

    Y, mientras lo hace, vea este video en YouTube, alusivo y divertido.


    [1] Ahora que la mayor parte de usuarios de hecho esperan uno o varios de los ítems mencionados, pero esto no es más que un astuto engaño de facebook.

    [2] Incidentalmente, la mayor parte de ellas no es desarrollada directamente por facebook, sino por gente que se dio cuenta, o más bien cayó en la trampa, de que facebook es de hecho un programita muy chimbo que no sirve para nada en sí mismo.

    Wednesday, August 01, 2007

    ¿Qué Clase de Nerd es Usted?

    Uno de los indicios más significativos de que soy un nerd, es que muchas veces a lo largo de mi vida he participado en discusiones cuyo objetivo es determinar cuál es el más nerd de los participantes. Sin poder jurarlo, estoy dispuesto a apostar plata que, por ejemplo, a Brad Pitt no le ha pasado lo mismo[1].

    La última fue por correo electrónico hace un par de semanas, y aunque creo que no me gané el primer puesto, estoy seguro que por lo menos debería hacerme acreedor a una mención de honor porque, por mucho rato después de que se acabó la discusión, me quedé pensando mucho rato más en el tema, teniendo una animada discusión conmigo mismo acerca de la gran variedad de nerds que existe (lo que dificulta muchísimo medir la nerd-eza relativa de dos individuos. Porque, ¿quién es más nerd, el que se sabe los diálogos de X-Men, o el que se los sabe de Star Trek?), y considerando lo útil que sería contar con un sistema para medirlos y clasificarlos.

    Pues bien, mundo, una vez más Sir Vilson al rescate. He aquí la recién desarrollada, original, extensa y utilísima guía para la clasificación de ñoños, nerds, geeks, losers y otras criaturas con la que usted pueda llegar a cruzarse en determinado momento.

    Un nerd está compuesto por muchos componentes, desde la capacidad de pensar en ecuaciones hasta la propensión a usar gafas culo-de-botella. Y la combinación de esos componentes en cada caso es una mezcla única, casi irrepetible ¿Cómo determinar qué clase de Nerd es alguien?

    Muy simple. Cada uno de los aspectos que enuncio a continuación tiene algunos síntomas usuales, que pueden permitir identificarlos. No es una lista extensa, sino que pretende más bien establecer pautas para que ustedes, lectores inteligentes, puedan detectarlos. Si el aspecto se encuentra presente en el sujeto en cuestión, sume el valor ponderador correspondiente.

    Viedeojuegos. Valor ponderado: 2%

    Prefiere una partida de FIFA 2007 o Winning Eleven a la transmisión real de un partido. Prefiere una partida de cualquier otro juego a un partido real de fútbol. Conoce las especificaciones de las armas de Halo, Quake, Doom o Unreal. Multiplique por 1.5 si al jugar Tomb Raider queda más impresionado por la cantidad de polígonos que maneja la aplicación que por las tetas de Lara Croft.

    CF Dura. Valor ponderado: 3%

    Se sabe el argumento de una de las siguientes películas, o ha leído las historias en las que se basaron: Blade Runner, Minority Report, A Scanner Darkly, Payback, Next. Entendió 2001: A Space Odissey (aún si tuvo que leer la novela para hacerlo). Opina que los Episodios I, II y III de la Guerra de las Galaxias son un insulto a los episodios IV, V y VI. Conoce la teoría sobre la calidad de las películas de Star Trek[2]. Sabe qué es Fundación, Rama, Duna o Mundo Anillo.

    Soldadura. Valor ponderado: 2%

    Es capaz de manipular un cautín (es más, sabe que es un cautín) para fabricar o reparar tarjetas de componentes electrónicos. Éstas continúan funcionando después de la operación. Multiplique por 1.5 si además las reparaciones tienen el efecto planeado sobre las tarjetas.

    Maricadofilia. Valor ponderado: 2%

    Es dueño de uno de los siguientes aparatos: iPod (o equivalente), iPhone, PDA, Memoria USB, GPS, USB Player, Celular con Bluetooth. Conexión WiFi en la casa. (Multiplique por 1.5 si tiene enrutados los mensajes de MSN a su celular)

    Ciberjerga. (4%)

    Conoce la diferencia entre Internet y World Wide Web. (Multiplique por 1.25 si sabe que existe la WWW2, y qué diablos es). Sabe qué es un URL. Sabe qué es Limewire, eMule, Ares, o Gnutella. Se siente infeliz cuando tiene que usar Microsoft Messenger en vez de MSN Live Messenger. Tiene cuenta MSN. Multiplique por 1.25 si lleva un blog.

    Cómics. Valor ponderado: 5%

    Tiene claro quién ganaría en una pelea entre Spiderman y Wolverine. Sabe que Spawn y Ghost Rider son dos entes distintos, y conoce sus diferencias. Entiende la diferencia de efectos entre la Kriptonita verde, roja y dorada. Sabe exactamente qué personajes faltaron en las películas de XMen. Sabe que se murió el Capitán América, y cómo y por qué lo hizo. Identificó los cameos de Stan Lee en Daredevil, Spider Man y Los 4 Fantásticos. Es fan de Evil Dead, Evil Dead 2 y Army of Darkness, y entiende por qué eso califica en esta sección.

    Tecnojerga. Valor ponderado: 8%

    Sabe que es un mouse, una base de datos relacional, un índice, un microprocesador, un algoritmo. Entiende la diferencia entre RAM, ROM y Memoria Virtual. Es capaz de crear una cuenta de correo en Outlook. Sabe programar un VCR. Entiende qué significan las zonas de los DVDs. Tiene alguna preferencia entre HD-DVD y Blu-Ray. Entiende por qué no es bueno comprar Televisión HD en este momento. Sabe utilizar todos los ítems listados bajo “Maricadofilia”

    Calculolalia. Valor ponderado: 8%

    Se acuerda de la diferencia entre integrar, derivar y converger. Sabe qué es un campo. Conoce los tres descriptores de un vector. Sabe qué es un Toro cuando no se refiere al papá de los terneros. Recuerda la diferencia entre Postulado, Lema, Teorema y Ley. Se acuerda qué caracteriza a una función, y cómo se diferencia de una relación.

    Aspecto. Valor ponderado: 8%

    Usted lo ve y le dice ¡Nerd! (Claro que gafas cuyos lentes produzcan tortícolis, camisetas con letras griegas o porta-esferos ayudan)

    Conocimiento Trivial. Valor ponderado: 12%

    Exhibe piezas de conocimiento inútil, arcano. Por ejemplo, qué era Monty Python, la antigüedad del ejemplo de escritura más antiguo, el país donde se han descubierto más dinosaurios, cuál fue la materia favorita de Harry Potter.

    RPG-manía [Juegos de Rol]. Valor ponderado: 14%

    Ha jugado juegos de rol en vivo en más de cinco ocasiones, sin motivaciones puramente sexuales. En alguna ocasión ha calculado para usted y sus amigos los valores de INT, WIS; STR, CON y CHA. Sabe qué es un elfo, un trasgo, un goblin y un orco. Sabe qué es Mithril. Sabe quién ganaría en un combate entre una Quimera y un Hipogrifo. Calcula en qué nivel de experiencia se encuentra usted en su vida. Sabe qué significan las siglas TSR, AD&D, AD&D 2nd Edition, DM, AC, THAC0, HP, XP o SP.

    Hackeo. Valor ponderado: 14%

    Sabe escribir un programa “Hello World” en C++. Sabe qué es un programa “Hello World” y qué es C++. Prefiere Linux a Windows.

    Trek-jerga. Valor ponderado: 15%

    Es un trekkie. Sabe hablar Klingon. Entiende al señor Spock. Tiene alguna preferencia entre James T. Kirk y Jean Luc Picard. Sabe qué significa la “T” de James T. Kirk. Sabe cuántas naves Enterprise se han destruído a lo largo de las series.

    Resultados:

    Menos de 25%: No entendió ni la mitad de los temas de este artículo, y le pareció aburridísimo.

    25% a 50%: Probablemente entendió la mayor parte de los temas de este artículo, y le pareció aburridísimo.

    50% a 75%: Está usted muy cerca de ser un nerd. Como mínimo, geek. Si quiere que no lo sigan llamando a configurar cuentas de Outlook, programar VCRs o diagnosticar problemas de redes, deje de andar exhibiendo ese iPod, y de hablar en Klingon.

    75% a 90%: Usted no sólo es un nerd, sino que el dato no lo sorprende ni cinco. Pero le toca practicar más su Klingon.

    90% o más: Debería darle vergüenza. Ponerse a calcular su puntaje justo después de escribir el artículo.


    EJERCICIOS ADICIONALES:

    1. Asigne una calificación entre 1 y 10 a cada factor, y calcule el puntaje ponderado. [Prerrequisito: Calificación de 7 o más en Calculolalia]

    2. Fabrique una hoja de personaje siguiendo el estándar de AD&D 2nd Edition para usted. [Prerrequisito: Calificación de 7 o más en RPG-manía]

    Ejemplo:

    Name Sir Vilson FT

    Class Consultant

    Alignment LE

    Gaming 18 (64)

    HardSF 16

    Hardware 7

    Geekiness 15

    Cyberlore 14

    Comiclore 13

    Techlore 16

    Appearance 12

    Mathlore 9

    Trivia 18 (44) [98 para cine, vampiros, hombres

    lobo y perversiones sexuales]

    RPG 17

    Hacking 6

    Treklore 4



    [1] No se ustedes, pero cada vez que yo pienso en Brad Pitt no puedo dejar de imaginarme a Angelina Jolie empelota. … Aunque a decir verdad, me pasa lo mismo al pensar en Tomb Raider, tatuajes, la hambruna en Africa, Jennifer Aniston, Jon Voigth, sospechas de incesto, Billy Bob Thornton, cuchillos, Gia… creo que será más corto listar los pensamientos que no me hacen imaginarme a Angelina Jolie empelota. Voy a buscar uno, y si lo encuentro lo publicaré en la próxima entrada.

    [2] Las versiones pares son las buenas.

    Monday, July 16, 2007

    Memoria de una adicción

    Gran parte de la gente no se da cuenta; cuando voy caminando por la calle no se cambian de acera, ni apretan sus bolsos o maletines en un gesto protector, ni buscan refugio junto al Rottwailer más cercano, ni se quedan mirándome fijamente con morbosa curiosidad. Y sin embargo, la triste realidad es que, quizá sin ser tan notoria o peligrosa, al menos para alguien distinto a mí, y sin siquiera encontrarse en un estado muy avanzado, padezco una lamentable y vergonzosa adicción.

    Casi todos aquellos los que perciben mi infamante secreto son niños o adolescentes, y los demás, los adultos, invariablemente, como yo, sufren del mal. Pues aunque esta adicción, como todas, presenta señales inconfundibles al ojo experto, si algún otro adulto las percibe en mí, quizá debido a las canas en mis sienes, deducen erróneamente que es mi hijo, no yo, la víctima del flagelo. En ocasiones incluso me hablan, con la empatía de quien desea compartir ese tipo de males familiares, que a veces resulta tan candorosa y conmovedora que soy incapaz de admitir que mi hijo mayor tiene sólo cuatro años, y no vivo con ningún primo adolescente, y que es para mí, , para quien estoy pensando comprar ese control, o ese juego, o ese otro accesorio de Playstation.

    Tengo mi adicción casi bajo control. La mayor parte del tiempo el Play[1] (“La otra”, como lo denomina Bibi) permanece inmóvil e ignorado, los controles amontonados de cualquier manera y acumulando polvo. A veces pasan semanas y meses durante los que no lo enciendo ni una sola vez, y soy capaz de entrar una y otra vez al cuarto de TV sin sucumbir a su seductor canto de sirena.

    Pero entonces, intempestivamente, sin motivo aparente, lo encenderé de improviso, y el tiempo perderá significado, y quedaré sumido en un trance del que sólo podré emerger dos, o seis, o hasta veinte horas después, con los tendones adoloridos por el RMS (Repetitive Motion Síndrome, o Síndrome de Movimientos Repetitivos), los ojos resecos e irritados, hambriento y, en la mayoría de los casos, trasnochado.

    Seguramente, un lector poco versado en el tema de los videojuegos, y en particular de las consolas, pensará que el uso del término “adicción” es una exageración, una expresión literaria, o simplemente una mentira. No podrían estar más equivocados. Tal como puede consultarse en el siguiente artículo de Wikipedia (en inglés).Sé que Wikipedia no es una fuente totalmente veraz y completa pero… ¿qué esperan de un adicto?

    Como todas las adicciones, empezó gradualmente: aún recuerdo la fascinación que desde un principio ejercían sobre mí las maquinitas, aún unas tan rudimentarias y simples como Space Invaders o, como las conocíamos en ese entonces, Marcianitos. Aún entonces, el año del señor de 1979, la adicción empezaba a mostrar sus feroces dientes, cuando yo ahorraba semanas enteras para poder ir a jugar un montón de fichas en Uniplay. (¿Cuántos de mis lectores, me pregunto, recuerdan qué es Uniplay?)

    Entre todas las posibles adicciones que podría haber adquirido durante mi paso por la Universidad, la de los videojuegos resultó relativamente benigna, supongo, y lo que es más, no todos sus efectos resultaron tan perniciosos como si lo hubiera sido, digamos, al trabajo.

    El inglés, por ejemplo. En las ocasiones en que debo exhibir mis capacidades en el idioma, la gente a veces se sorprende, en particular al tomar en cuenta que no me gradué de un colegio bilingüe ni he pasado más de cuatro semanas seguidas en Estados Unidos o Inglaterra. En el colegio nos dieron buenas bases, suelo contestar, algo tímidamente. Porque si bien eso es cierto, también lo es que el 80% de mi inglés lo aprendí durante los 4 semestres que, en la U, jugaba al menos dos horas diarias de Bard’s Tale. Claro que como este era un juego ambientado en un Universo Tolkieniano, mi inglés estaba algo sesgado, y por tanto mi vocabulario incluía más goblins, broadswords, halbards y bucklers que schedules, appointments o brainstorming sessions.

    Ahora, Bard’s Tale era una aventura de texto (de vez en cuando pintaban un monigote en la pantalla), así que “jugar” en este caso equivalía a leer párrafos y párrafos de descripciones (en un tipo de letra horrible, incidentalmente), consultando continuamente el diccionario, hasta llegar a las secuencias de acción, en las que uno oprimía un dígito (seleccionado el personaje) y una letra (seleccionando la acción) y luego leía una frasecita que explicaba el desenlace. Ahora encuentro casi inverosímiles los niveles de emoción que alcanzábamos al leer en la pantalla Sir Vilson inflicts 32 points of fire damage to Mad Dog, killing it! Definitivamente, la actividad sólo podría disfrutarla un adicto, nerd por añadidura.

    La coordinación mano-ojo también mejoró sobremanera. Claro está que ni antes de mi adicción ni ahora podría dedicarme, por ejemplo, a joyero, pero definitivamente pude percibir una mejora en motricidad fina. Y, lo que es más importante, mis dedos no se congelaron para siempre en un solo set de actividades, lo que me permitió aprender nuevas habilidades tarde en la vida, como mecanografiar con todos los dedos, algunas formas avanzadas de bricolage y, lo más importante, manejar los controles del Play. Lo que es, creo yo, notable en sí mismo: los controles de Playstation tienen doce botones (localizados en varias de las superficies del bicho) y dos palancas (que en distintas ocasiones también pueden funcionar como botones), necesitan ser manejados con las dos manos, y pueden resultar intimidantes para un neófito.

    (Aún recuerdo, con cierto orgullo, cuando compré mi consola en un viaje de negocios a Houston. Un compañero de oficina me invitó a comer a su casa y quedarme allí el fin de semana. Cuando sus hijas supieron que yo tenía un Playstation en mi equipaje, decidimos conectarlo al televisor grande. ¡Pero si tú sabes jugar! dijo la mayor con incredulidad Mi papá ni siquiera puede agarrar el control al derecho)

    Y tengo al menos un tema en común con niños y adolescentes, lo que es particularmente útil (y con el tiempo sólo lo será más) ahora que, gracias a mi progenie, las visitas de mojoncitos a mi casa se han ido multiplicando. (Aunque en varias ocasiones me he dado cuenta de la cruel verdad: pese a ello, para ellos no soy más que otro adulto. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de jugar XBox con un sobrinito de Bibi. Era la primera vez que yo jugaba con ese tipo de consola, y el esquema de controles es completamente distinto al del Play. La tercera vez que cometí un error que en lugar de acelerar mi auto trajo una ventana de opciones del juego, el muchachito insolente me atacó el orgullo mascullando por lo bajo Déjelo quietito, ¿sí? con ese tono condescendiente que yo utilizo con la gente que no sabe conectarse a Internet, causándole graves, si bien temporales, daños a mi autoimagen. Temporales porque, enfurecido con el pequeño insolente, aproveché las habilidades obtenidas con más de sesenta horas de Gran Turismo 4, y al final de las tres vueltas de la carrera resulté ganador)

    La adicción fue, como siempre, avanzando progresivamente. Y era costosa, quizá más que otras adicciones más comunes a las que yo podría haber tenido acceso. Cuando me compré mi primer computador, el único software legal que poseía eran los juegos que había venido comprando, previendo el momento en que tendría un equipo donde jugarlos. (Mientras tanto los cargaba en los del trabajo, tampoco soy tan previsivo). De hecho, podría decirse que los juegos fueron la primera razón de la compra de mi primer computador. Y del segundo, y del tercero, porque a decir verdad los únicos programas que ya no corrían en el modelo viejo eran los juegos.

    Para entonces, digamos 2000, los juegos eran los programas más sofisticados que podía uno ejecutar en su computador personal. No sólo los simuladores, o los shoot’em ups, sino los juegos de aventura (los equivalentes al arcaico Bard’s Tale) eran capaces de doblegar computadores de tan sólo ocho meses de edad. Para no mencionar los juegos de estrategia (Civilization, Myth o su encarnación más mainstream, Age of Empires), que cuando uno alcanza más de cincuenta soldaditos en pantalla empiezan a moverse en cámara lenta. Y así fue como, ante la disyuntiva de reemplazar una vez más el computador porque los nuevos juegos ya ni siquiera se dignaban dejarse instalar, alcancé el Nirvana.

    Por alguna extraña razón, la idea de comprarme una consola de juegos no se me había ocurrido antes. Posiblemente fue para mejor, ya que si hubiera conseguido una cuando soltero, seguramente, sin una fuerza reguladora que canalizara mi energía a otras actividades, habría permanecido soltero, al menos hasta morir de inanición un par de meses más tarde. Hasta ese momento mis impulsos de juego habían sido, quizá no exactamente razonables, pero al menos no inverosímiles. Es verdad que tenía un super joystick para mi Mac (jugar oprimiendo teclas le quita realismo al Doom más sanguinario), y una docena de juegos, pero cuando finalmente compré el Play… ahí comencé realmente a equiparme.

    Antes de volverme pirata, alcancé a gastarme mil quinientos dólares entre juegos y accesorios. (Para mi esposa, quien sólo conoce una versión censurada de mi gasto playstationístico, seguramente será una sorpresa esta cifra) Mi obsesión llegó al extremo de comprar juegos originales de carreras de autos o fútbol, no porque me gusten (que no lo hacen), sino porque sé que son los que prefiere la mayoría. Y, si contara el precio de lista de los juegos que he comprado después de ponerle chip al Play, esta cifra subiría, probablemente, a tres mil. (¿Ves mi amor? ¡Estoy es ahorrando!)

    A decir verdad la adicción fue peor los primeros días, cuando andaba calmando fiebre. (Como siempre. ¿Acaso los recién casados, o recién arrejuntados, no pierden varios kilos de peso durante esos primeros meses de convivencia?). Y durante esa primera fase exhibía los principales signos que revelan la adicción. Y, sobre todo, durante esa época envidié intensamente el trabajo de mi jíbaro. No vender juegos y accesorios, que al fin y al cabo es similar a vender enciclopedias puerta a puerta[2], sino aconsejar a su clientela sobre los mejores juegos, accesorios, trucos, etc. Y, como los jugadores que compran ese tipo de juegos generalmente también tienen predilección por el Anime, o superhéroes, o monstruos, tener la tienda completamente surtida de afiches, figuras de acción, películas, cómics y toda clase de adornos con temática fantástica.

    O sea, que el man gana plata por jugar diversos juegos al menos cuatro horas diarias, y por tener su sitio de trabajo adornada como un adolescente inmaduro. Por ejemplo, para decorar su tienda, el hombre se compró una estatua tamaño natural de Jar Jar Binks. Y ese extravagante gasto fue deducible de impuestos, aunque con certeza lo habría hecho si hubiera tenido los medios y un empleo común y corriente. Por menos que eso, yo me encontraría divorciado y en la calle.

    Y el negocio no parece ir mal, porque no sólo ha ampliado un par de veces el local, sino que tiene un par de esclavitos de tiempo completo, esos sí salidos de una película gringa. (True Romance sin las balas, o Lost Boys sin los vampiros) Podríamos decirles vagos, pero esa palabra no tiene la sonora significación de su equivalente sajón: slackers.

    Irónicamente, fue uno de esos slackers, de hecho el más locho, quien probablemente me salvó de lo peor de la adicción. Algún día yo llegué con alguna solicitud complicada, si mal no estoy llenar mi disco duro con unos veinte juegos nuevos. Veinte juegos nuevos habrían significado, en ese momento histórico, seguramente menos dos hijos (y, reitero, una esposa).

    Pese a las muchas similitudes que yo encuentro con los adolescentes y niños que constituyen la clientela habitual de esos sitios, debo darle la razón a mi esposa cuando señala que en realidad las diferencias son mayores. Pese a que la mayor parte esperaría que fuera en cuanto a madurez, intereses o cultura, en realidad creo que la mayor está sobre todo en la cultura de cliente. Los niños, y aún los adolescentes, habituados a que sea papá el que paga, y negocia, absolutamente todos los productos que consumen, por un lado, y comprando usualmente en almacenes atendidos por slackers, realmente no tienen una alta expectativa en temas de servicio al cliente. Uno, en cambio, sí, y por eso cuando el dependiente sencillamente se rehusó cargar veinte juegos en un disco duro (en retrospectiva, su posición era hasta razonable: eso le habría tomado buena parte de dos días, y el ingreso era igual al de vender seis juegos, cosa que se hace en una hora), yo me fui, fúrico, y jamás regresé a ese almacén.

    Aunque no sería demasiado difícil conseguirme un nuevo jíbaro, las tiendas que venden copias de juego pululan por todos lados, aproveché esa circunstancia para no obtener nuevos juegos, lo que en cierto modo limita mi adicción. Al fin y al cabo, los juegos que ya tengo han sido terminados (en modo fácil) en su mayoría, así su atracción es marginalmente menor.

    Sin embargo, no debe perderse de vista que hasta el momento esta, como el onanismo, ha sido una adicción solitaria, aunque no secreta, para mí. Así que he podido apoyarme en mi familia para evadir lo peor. Mi esposa, por ejemplo, consigue alejarme del PS2 con diversas técnicas, todas escalofriantemente exitosas: puede hacerse la consentida, ponerse brava, ignorarme o sencillamente organizar un plan más interesante. (Hay varios de esos a los que podemos dedicarnos en la santidad de nuestro hogar) Y mis hijos, aunque no concientemente, cuyas crecientes demandas de tiempo tienen una prioridad alta, y cuya mera existencia hace que uno desee ser un modelo adecuado (alguien que, por ejemplo, entre semana no se ponga a jugar Playstation sino que haga algo útil), han reducido el tiempo disponible para el Play.

    Hasta ahora, el PS2 ha resultado un estímulo más o menos neutro para mis hijos. Les llama la atención, pero al final del día no se trata sino de una actividad que los mantiene quietos y aproximadamente juiciosos un rato, así que tanto daría invitarlos a misa. Pero, ¿qué pasará cuando lleguen a la edad en la que las demandas de tiempo sean para jugar Playstation?... ¿Cuándo deseen echar un partidito de fútbol intergaláctico, o deseen tener un combate con espadas, o buscar un tesoro perdido en la Atlántida? Creo que nadie, honestamente, puede esperar que me mantenga abstemio. Ese momento marcará, pues, un hito para el que Bibi necesita estar preparada, el momento en que la batalla por mi alma entre el Playstation sea mucho más encarnizada, en que el riesgo de quedarme convertido en un vegetal para siempre, simplemente cambiando juegos y, de vez en cuando, yendo al baño, será no solamente real, sino que estará inquietantemente cerca.

    Difícilmente puedo esperar a que llegue ese momento.


    [1] Así lo llamamos los iniciados, “Play” o “PS2” (¡Ay de mí! ¡Aún no tengo un PS3!)

    [2] Bueno, al menos si las enciclopedias son de sexo, y uno puede sentarse a leer la mercancía durante horas si está difícil la venta