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Friday, February 16, 2007

Nuevo Inquilino

Tres días, dos trasnochadas, como veinte fotos, e incontables cambiadas de pañal después, empiezo oficialmente el relato donde les cuento que el benjamín de mi familia, Juan Pablo Torres Cala, llegó al mundo el pasado 4 de Enero, a las 8:07 AM.

Cuando nació medía 50 centímetros, y pesaba 3250 gramos. Es decir, un poco más pequeño y muuucho más liviano que Alejo (52, 3750). Ahora que la fecha esperada de parto había sido Enero 15, pero el ginecólogo de Bibi, teniendo en cuenta de que iba a ser hijo de la misma mamá y (con alta probabilidad, o al menos eso espero) del mismo papá que Alejo, muy sensatamente la adelantó una semana, es decir lo mismo que el otro, al 8 de Enero. Y luego de ver la última ecografía (del 20 de Diciembre), lo adelantó para el 4 de Enero a las 7:00 AM. (Esta fecha no me convenció del todo, porque el doctor llegó de vacaciones el 3, y como no teníamos ni idea de para dónde agarró, existía un pequeño riesgo de que el man la operara con jet lag)

Pasamos la Navidad y el Año Nuevo aquí en Bogotá, con las maletas listas, y cierto resquemor por el riesgo de que naciera en el período en que el doctor usual no estuviera en el país, y por tanto la operación tuviera que ser realizada por la doctora que nunca había visto a la Bibi. Y no nos daba precisamente tranquilidad el hecho de que todos miraran la descomunal barriga de mi esposa y, o preguntaran “¿Son gemelos?” o afirmaran “Huy, ese chino no llega a Enero”. (Ver la última foto de la panza de Bibi, quince minutos antes de la cesárea. Notar, sobre todo, la elocuente, aunque un tanto deslenguada, expresión de “tome su malparida foto de una vez y déjeme en paz, ¿sí?” Y mucho menos Alejo, que si tiene algún gen de paciencia debe ser recesivo, preguntando varias veces al día cuándo iba a llegar su hermanito.

Durante la espera, me dediqué a subir del depósito todos aquellos ítems que habíamos guardado de cuando Alejandro: coches, tinas, cargadores, corrales, etc. etc. Y a arreglar el cuarto. No fue la primera vez que me he dado cuenta de lo descomunalmente enorme que era mi anterior apartamento. Las habitaciones de este apartamento son bastante más pequeñas, así que fue necesaria una cantidad apreciable de bricolage para contar con el espacio necesario. Por suerte, uno de los cambios hormonales que los embarazos de Bibi traen en mí, es el despertar de mi habilidad manual[1].

El 4 nos agarró medio trasnochados, en parte por la emoción, en parte porque la barrigota a Bibi no la deja dormir bien, y en parte porque Alejo se pasa todas las noches a nuestra cama. Pero, obviamente, con semejante sobredosis de adrenalina, no se sintió mucho el efecto del trasnocho. Muy puntualitos llegamos a la Santa Fé a las 6:55 (pese a que salimos un poquito tarde, por mi culpa, así que fui siendo regañado la mayor parte del camino, pero valió la pena por la satisfacción del “jah!” proferido cuando consultamos la hora al llegar). Nosotros ya sabíamos que Bibi iba a estar solamentedos días hospitalizada, y por eso nuestro equipaje se limitaba a una maleta, tres morrales y un maletín.

Como a las 7:45 ya metieron a Bibi al quirófano, y casi inmediatamente me pidieron que me cambiara para seguir a la sala de partos. Las cosas han cambiado desde que tuvimos a Alejo: en esa época, solamente me dejaron llegar a una salita que quedaba apropiadamente alejada de la sala de operaciones. Ahora, no sé si para incrementar la participación paterna en todo el proceso, o para poder culpar al papá si el muchachito se refunde o lo confunden con el gordo que llegó a coserse el estómago; yo hubiera podido, de haber querido, entrar a presenciar la intervención. Pero, como le dije al doctor cuando me invitó, cuando quiera presenciar ese tipo de espectáculos, alquilo “Hostal”. En cambio, esperé en el cuartito de al lado a que sacaran al recién llegado.

Es indescriptible la sensación que produce ver el bultito, algo hinchadito por el esfuerzo, amoratado, tiritando de frío, indefenso. Obviamente, chillé como una nena cuando me tocó ponerle la primera mudita, cosa que hice bajo la vigilante mirada de las dos enfermeras que me miraban como listas a evitar que le pusiera un patín en la cabeza, o algo así. Y claro, uno pierde práctica en esos menesteres, sobre todo porque ha olvidado la ostensible fragilidad de sus cuerpecitos. Casi no reconoce uno al feroz alien que hacía llorar a Bibi con sus patadas.

Durante el rato que estuve haciéndole compañía al hinchado ratoncito, me dediqué a notificar telefónicamente a la familia. Durante la primera hora de vida, Juan Pablo estuvo gimiendo. Los doctores y enfermeras pasaban periódicamente, lo examinaban y anunciaban que tendrían que examinarlo más detenidamente si no se interrumpía el quejido para la próxima, pero que no me preocupara porque era normal en algunos recién nacidos. Este proceso se repitió tres veces, y por suerte cesó voluntariamente porque yo, con los pelos de punta y después de haberle cantado no los encontraba particularmente confiables.

Ante sus quejidos yo lo acaricié, le hablé, le canté, y nada. Me daban ganas de sacudir por las solapas al siguiente médico que pasara para que me explicara qué diablos tenía el niño, y si le estaba doliendo. Yo siempre los miraba con expresión de “Claro que le duele, pelotudo (a), ¿por qué si no iba a gemir?” Sin embargo, en parte por mi cortesía, pero sobre todo por mi convicción de que todos los médicos llevan consigo a todas horas tanto un bisturí oculto entre sus ropas como un conocimiento detallado de los puntos más vulnerables del cuerpo humano, me contenía de decirlo en voz alta.

Aunque debo aceptar que el quejido fue útil, ya que pude utilizarlo como banda sonora de las llamadas que hice para avisar de la llegada de Juan Pablo.[2] Todos, como era obvio, se emocionaron y se llenaron de felicidad (o lo fingieron muy bien), pero la reacción más memorable fue la de Alejo. Cuando me lo pasaron y le conté que ya había nacido su hermano me dijo con esa entonación impaciente de quien pide algo que le corresponde por derecho: “Ay, vengan para la casa”. Con mucha suavidad le expliqué que la mami no podía ir a la casa aún, que le iba tocar a él venir a visitarnos. Lo escuché decir “Qué estamos esperando?” y a continuación el teléfono se llenó de un silencio expectante. Un momento después habló su abuelita: “Alejandro botó el teléfono, y salió corriendo a su cuarto, quitándose los pantalones”. Hasta ahora no ha vuelto a desvestirse o vestirse sin ayuda con tanta rapidez y, en efecto, una hora después estaba en el hospital consintiendo a su hermanito.

La primera cambiada de pañal, y bañada, y sacada de gases no escondieron ningún secreto para mí, veterano de mil batallas anteriores. (Aunque debo decir que al enfrentarme al meconio[3] a plena luz del día me di cuenta de lo verdaderamente repulsiva que es esa mierda[4]. Citando a Robin Williams, es una mezcla de desechos radioactivos con velcro. Y, por algún motivo, Juan Pablo no lo expulsó de un solo golpe, sino fue más espaciada. Y para eso, por supuesto, sí no estaba preparado, para una carrera de resistencia. Por supuesto. Murphy siempre está con nosotros.

A diferencia de Alejo, Juan Pablo nació con el mismo tipo de sangre que Bibi, y por tanto no presentó ictericia. Eso significa que no tuvo que pasar la primera semana de su vida extendido bajo una lámpara, como cualquier mata de marihuana hidropónica. Y eso también significa que nos lo llevaron inmediatamente al cuarto. Bueno, de hecho a Alejo también lo llevaron inmediatamente al cuarto, sólo que lo recogieron apresuradamente una vez se dieron cuenta que empezó a ponerse amarillo. En fin, a raíz de esa afortunada circunstancia pudimos devolvernos a casa ese mismo viernes. (Hubiéramos podido quedarnos hasta el sábado, pero Bibi ya extrañaba dormir en su camita) Así que no mucha gente alcanzó a pasar a visitar al recién llegado a la clínica, prácticamente sólo lo hicieron sus abuelos y hermano.

Las peripecias de un recién nacido normal pueden parecer algo aburridas[5], a menos que sean contadas por uno de esos grandes literatos capaces de tomar cada uno de esos mundanos tesoros y retratarlos en una escena que no resulte prosaica, sosa o cursi. Ya saben, como Dan Brown, o Paulo Coelho. Uno de esos. Por eso yo me concentro tanto en las cambiadas, y toda clase de travesuras excretorias (¿les conté que hace ocho días le orinó el almuerzo a la abuelita?).

Sin embargo, visitar a un recién nacido normal es en verdad entretenido. Pueden verlo bostezar (antes de comer), escucharlo pujar (mientras come) y sonreír (después de comer). Pueden ver al hermanito, haciendo toda clase de monerías tiernas, como abrazarlo, alzarlo, cantarle (no sólo se dio cuenta muy astutamente que la mejor manera de mantener la atención sobre él es monopolizando la labor de señalar el nuevo objeto digno de atención sino que adora al hermanito), y conmoverse viendo como Juan Pablo busca inmediatamente a su hermano al escuchar su voz, y generalmente le sonríe. Pueden alzarlo, y ver que está enorme, y luego compararlo con Alejo y ver que los dos van a ser gigantescos. Pueden escuchar a la mamá medio somnolienta contar los truquitos nuevos que ha aprendido. (Ella. Que ha aprendido ella. Como reconocer las caras que pone para hacer caca. ¿Ven? No puedo mantenerme alejado del tema). Pueden escuchar al papá lamentarse dolorido porque esta vez no ha tenido la oportunidad de ayudar tanto en la noches porque Juanpis duerme bien (y, si son observadores, pueden detectar el brillo de unos ojos satisfechos y bien descansados). Pueden ….

De hecho, ¿qué diablos hacen perdiendo el tiempo en Internet en vez de ir a visitar a Juan Pablo?



[1] La vez pasada, es decir, cuando Alejo, instalé más de una docena de chapas, puertas y otros artefactos de madera. Esta vez, armé dos muebles de hágalo usted mismo, que quedaron aproximadamente como en la gráfica (lo que no es ninguna lagaña de mico para alguien de mis modestas capacidades motrices), e instalé una lámpara. (De hecho también iba a instalar unas repisas en el cuarto, pero por suerte mi hermano pasó por el apartacho en el momento equivocado y Bibi lo puso a taladrar)

[2] Sólo llamé familia cercana: padres y hermanos, de Bibi y míos. A ustedes les aviso por el blog, casi un mes después.

[3] No, no es un personaje de caricatura, usted está pensando en Pomponio. Esto es meconio.

[4] Já, já, já

[5] Y no lo digo yo solo. Alejo, quien lo adora y vive consintiéndolo y dándole picos, ya ha dicho en un par de ocasiones “Juanpis sólo sabe llorar, comer y dormir”. De donde, además, se deduce que no nos ayuda a cambiarle el pañal a su hermanito.

Thursday, November 23, 2006

De la llegad del primogénito de Sir Vilson y Bibi

Esta historia, obviamente, ya tiene un poquito más de cuatro años. Por allá en el año 2002, cuando el furor de los bloggers ni existía, fue distribuida por correo electrónico (por error, a una lista extensa de destinatarios. Error afortunado, porque recibí muchas más comentarios positivos de los que habría recibido de la lista original). Ahora que he empezado este blog, varios de los lectores originales me sugirieron subirla. No tuve que pensarlo mucho, la verdad: no sólo el tema y el estilo corresponden al que espero utilizar en este foro, sino que así me doy un par de semanas más para terminar la entrada (nueva) que estoy escribiendo.

Bibi ya tiene seis (casi siete) meses de embarazo. Esto no debería tomar por sorpresa a nadie, porque sí estoy seguro de que ese sí que es un tema recurrente en mi conversación. De modo que si no me había hablado con alguno, estoy dispuesto apostar plata que otro de nuestros amigos en común en algún momento le debe haber dicho algo como ‘Ese Wilson no hace más que contar que su esposa está embarazada, qué mamera’.

Este ha sido un embarazo largo, y eso que nos dimos cuenta cuando ya Bibi llevaba como dos meses. Para ser completamente exactos antes se dio cuenta la mamá de Bibi, quien vino de Ibagué y se quedó un par de días con nosotros para las fiestas, y la pista reveladora fue que Bibi comía pescado con ansias. Ella es algo irregular, entonces a nosotros no se nos hacía raro que la visita de La Tía Pelirroja (esta es una deformación mejicana de un dicho gringo que, por más que me digan alienado, me gusta más: Aunt Flo, que suena igualito que ‘Aunt Flow’) tuviera más de un mes de retraso, pero el mareíto constante y los cambios extraños de apetito nos comenzaron a parecer sospechosos eventualmente, pero nos tomó dos Clear Blue (que dieron resultados contradictorios) y uno de Gonadotropina Coriónica convencernos del todo.§

Todo el proceso ha sido espectacular. Lo primero que hizo el doctor, cuando vio que éramos padres primíparos (literalmente), fue recomendarnos un libro. Lo que sin lugar a dudas le ahorró más o menos trescientas llamadas para preguntar por qué se estará moviendo tanto, o tan poco, si será que los mareos, que si puedo comer aguacate en salsa de almíbar, todas esas vainas. Eso sí, tanto el doctor como el libro nos advirtieron que la carga hormonal que viene con el embarazo podía afectar a Bibi, e incluso a mí.

Pues lo hizo. Bibi anda de un genio absolutamente angelical, no se pone brava por nada, está muy tranquila y calmada. Y yo me volví una nena. Es más, todavía no puedo decir la palabra ‘ecografía’, sin que se me humedezcan los ojos. ¿Ven?

Eso sí, durante los cinco primeros meses Bibi se rehusó empecinadamente a engordar, lo que resultó particularmente incómodo a la hora de ir a cine, o de mercar, porque nos tocaba parquear en los mismos sitios que el común de la gente. Pensamos en cargar la ecografía a todos lados por si alguien nos hacía reclamo a la hora de parquear en los espacios para señoras embarazadas, pero como la ecografía no viene marcada con nombre y cédula ya hubiera tocado involucrar declaración jurada del doctor y notario, y de todos modos ya casi no vamos a cine (¡bu!)

La barriga se le soltó un poquito cuando estuvimos en Chicago para el Spring Break, pero se contrajo una vez más cuando regresamos. Este último mes, sin embargo, ya se ha comenzado a engordar harto, y tuvimos que ir a comprarle algo de ajuar, porque la mayor parte de las camisetas le quedaba ombliguera (quiero decir, aún las que no son ombligueras, que le quedan como top)

La mayoría de ustedes debe saber que esperamos un varoncito, aunque debo confesar que yo quería una niña. (Claro que eso no es problema, ¿vieron ‘La vida en Rosa’?.... ja ja ja, chiste) Y de hecho los indicios (de abuelitas, por ejemplo que a Bibi no le salió casi barriga, y que inicialmente no se lo sentía mover mucho) parecían inclinarse por una niña.

Pues no. En la primera ecografía no le pudimos ver el sexo, aunque sí el corazoncito, y por supuesto eso fue motivo de la lágrima y el moco por parte no sólo de la Bibi sino de Sir Vilson. En la segunda (en la que, incidentalmente, también pateó, se chupó el dedo y abrió la boca) el doctor señaló una manchita gris que estaba al lado de otra mancha gris más grande y más clara, y otro montón de manchas igualmente informes y dijo ‘vea las peloticas y el pipicito’. Obviamente hubiera podido decir que era el hígado, los pulmones o el triciclo, yo le habría creído, más, como se trataba del género del descendiente, y yo tenía muchas ganas de que fuera una descendiente, expresé un poco de escepticismo. Algo así como ‘¿está seguro, doc?’ Antes de que pudiera responder, sin embargo, apareció clarísimamente la manito, y rascó las manchitas grises que el médico decía que eran las bolitas de m’hijo.

Con lo que quedó demostrada, no sólo la virilidad del mucharejo, sino mi paternidad.

Ya estábamos casi decididos por el nombre: si era niña ‘Alejandra’ o ‘Paula’ (mi propuesta completa era que se llamara ‘Paula Tina’, para que se tomara la vida con calma, pero Oscar, mi concuñado, me sugirió más bien ‘Ana Lisa’, para que fuera muy racional o, al menos, se dedicara a la arquitectura crítica.), y si era niño ‘Nicolás’. Ahora que eso era cuando esperábamos niña, pues apenas supimos que era niño ya el nombre no nos gustó tanto. (De hecho nos siguió pareciendo sonoro y todo, pero es que ahorita está de moda y hay *tantos* Nicos....)

Así que, varias decenas de semanas y cuatro ecografías después, mi hijo ostenta el nombre de Alejandro, aunque aún le decimos ‘miquito’ de cariño, y su abuelo materno lo bautizó ‘Alejo Comeponqué’ por motivos demasiado banales como para contar aquí, imagínense pues, ya que todos podemos atestiguar que el resto de la crónica no es precisamente un ensayo Heideggeriano. (Y no, no hay ningún cantante que se llame Alejandro Torres*, ustedes están pensando en Alejandro Sanz y Diego Torres)

La barriga de Bibi se rehúso empecinadamente a crecer hasta casi la semana 36 (y a aquellos lectores sagaces que hayan detectado una pequeña brecha de unos cuatro meses entre la última vez que había escrito algo y ahora, mis felicitaciones), pero entonces lo hizo de sobra. Debido a las peculiaridades del reloj biológico de Bibi, la fecha esperada del nuevo inquilino es algo difusa (¿les conté que no estamos seguros si Alejo Comeponqué (a) El Miquito Torres (a) el Cocó es Made In Isla Palma o Made In Bogotá [Made In The TV Room, para ser precisos]?), así que no estábamos muy seguros de cuánto tiempo más ibamos a tener que esperar, o más bien iba Bibi a tener que esperar cargando tamaña barrigota. ¿Vieron los últimos capítulos de la pasada temporada de Friends? Pues Bibi andaba tan emputable como Rachel, por las mismas razones.W

Finalmente, para la semana 39 o 40 (o aún 38), el doc nos ordenó la última ecografía, y se llegó a la conclusión de que El Miquito estaba demasiado grande, aunque las contracciones no habían empezado en serio (los fines de semana habíamos tenido algunas de ensayis, pero irregulares y espaciadas). De hecho, el doctor de la ecografía (el mismo que distingue las manchas grises de las peloticas de un bebé) intentó medirle el fémur del mojoncito en su máquina, y el fémur resultó demasiado largo para la escala. Es más, se calcula que ahorita (septiembre 3, durante la, un tanto anticlimática espera del trabajo de parto) está pesando 3,700 g. Aún no sabemos qué tanto, pero si tenemos la certeza de que va a ser grande, pobre Bibi. Para no ir más lejos, la señora que estaba al lado en la salita de parto (una vez más, reminiscencias del final de temporada de Friends) le contaba a la enfermera, llena de orgullo, que su primer hijo había sido un bebé ‘enorme’ de 3,200 kg. ¡Jah! ¡Pobre ilusa! ¡Aficionada! (Debo aceptar que Bibi le tiene algo de envidia, a estas horas)

Como les decía, las contracciones no han empezado en serio, así que el doctor decidió inducir el parto hoy 3 de septiembre. Estamos aquí desde las 7:00 AM (ya son las 12:00), y pese a que le aplicaron un gel, y un goteo de oxitocina, no se puede decir en serio que las contracciones ya estén ocurriendo con la suficiente frecuencia. Eso son malas noticias, porque si Alejo no se encaja en su sitio, o ella no dilata lo suficiente, van a tener que hacerle cesárea. Perspectiva que, por supuesto, no nos gusta mucho. (De hecho Bibi está en este momento, literalmente, haciéndole barra: ‘!que baje! ¡que baje!)

Así que todo parece indicar que van a tener que abrir a mi pobre esposita, lo que no sólo es quirúrgicamente incómodo, sino que no vamos a poder practicar las respiraciones que aprendimos en el curso psicoprofiláctico. Además sería irónico, ya que Bibi soportó estoicamente el trabajo de parto durante todo el día.

....

11 de la mañana del 4 de septiembre.

Alejito llegó ayer a las 5:45 PM; como su papá, con tiempo suficiente para alcanzar a ver los cortos completos. Efectivamente, la operación fue ne-cesárea. Finalmente pesó 3,780g (el ginecólogo salió de la intervención me dice, haciendo la mímica correspondiente, ‘eso fue una vaina así de grande’), aunque midió 53 cm. (Es decir, es un bebé gordito y rechonchito, con cachetes y papada, y todo) La pobre Bibi quedó bastante aporreadita... más o menos como si le hubieran abierto una chamba en la panza lo bastante grande como para sacar un aliencito de 4 kg. Alejo, por otro lado, está rozagante, mucho menos ajetreado que si hubiera sido parto natural, que es a los bebés como salir por un tubo de crema.
Como es gordito tiene que estar comiendo continuamente (cada dos horas y media, más o menos) para evitar que la glucosa en la sangre se le baje, o se le suba, no recuerdo bien, de modo que, por más que sea juicioso y no llore a menos que uno cometa la horrible afrenta de moverlo y perturbarle el sueño, nos toca levantarnos cada dos horas a darle de comer, incluso un teterito después de que el man se pega un rato a la Bibi.

Ando medio zombie por la falta de sueño, puesto que esa continua interrupción me afecta el descanso, y, aunque algo maltrecho, ya sobreviví mi primera experiencia como padre: la cambiada. Más o menos a las cuatro y media de la mañana, unos quince minutos después de que se fuera la enfermera tras alimentar a Alejo el Voraz, Bibi me despertó porque el nené empezó a hacer sonidos escatológicos. Como ella no puede moverse ni hacer fuerza por la cicatriz de la cesárea, ni siquiera hubo de necesidad de echar suertes o vigilar el cumplimiento de un programa estricto de turnos: esta me tocaba a mí.

Ahora, en la casa ya le tenemos a Alejo, en el corralito, una especie de tinita de plástico que es para cambiar al bebé (la descripción es para beneficio de los solteros o de los casados pusilánimes, para los demás habría bastado decir que el corral es con cambia-pañal), pero aquí en el cuarto del hospital, por supuesto que no hay nada de eso. Así que me tocó sacar a Alejo de la cuna y tenderlo en la cama.

En el curso psicoprofiláctico nos dieron una clase sobre cuidado al neonato (y de hecho estuve despierto durante la gran mayoría de esa charla), pero no hubo siquiera una sesión práctica con un muñeco. Hay una sencilla razón para que los pilotos necesiten un determinado número de horas de vuelo, además de saberse los manuales y textos al derecho y al revés: hay cosas que no se las pueden enseñar a uno.

Y con el sueño, y el revuelo que armé con la cambiada no solamente se me olvidaron las instrucciones de la profesora, sino que el poco sentido común del que aún hago gala se largó también. Así pues, no se me ocurrió siquiera alistar todo lo que iba a necesitar, ni hacer lugar para el bebé, sino que lo puse en la cama así nomás, y comencé a tratar de quitarle el pañal.

Esto es otra de las cosas que a uno no pueden enseñarle: cambiar a un bebé despierto es como tratar de envolver en papel de aluminio una serpiente de gelatina de tres metros de longitud, sin romperla. Aún para la primera parte, que debería ser la fácil, cuando uno tiene que quitarle la ropa, el cagüingo quita las manos y las paticas y por supuesto toca tener mucho cuidado para que quede sirviendo. En eso me demoré nada más como diez minutos, porque además el pelao tenía uno de esos enterizos que se les ven preciosos, pero que tienen como cincuenta botones, y que le halan el bracito si uno le acomoda la piernita.

Cuando finalmente conseguí liberarle la parte inferior y quitarle el pañal, no pude menos que maravillarme de la cantidad de caca que le cabía adentro no sólo a mi hijo, sino al pañal. Y ahí fue que me di cuenta: 1) que no había alistado los pañitos, ni el pañal de repuesto 2) que no lo había quitado de encima de la manta y 3) que no recordaba con claridad el algoritmo a seguir. Bueno, con calma, me dije, si fui capaz de ponerme al día con las re-condenadas actas del LCC, con toda seguridad podré cambiar a un bebé. Iluso.

Hay que deshacerse del pañal primero, continúe, pero cuando le levanté la colita y halé el pañal me encontré con que su colita estaba completamente untada (obvio), y como no tenía los pañitos, si sacaba el pañal iba a untar el enterizo. Entonces eche reversa y trate de poner el pañal por debajo, temporalmente. Pero el hediondo (figurativamente, porque como solamente está comiendo lechecita, fetidez es la única característica repugnante que aún no tiene su caca) chino no se quedó quieto, y mientras yo pescaba un pañal y media docena de pañitos, que resultaron ser tristemente pocos, pataleó y chapaleó, y se untó hasta las manos (literalmente). Entonces comencé a limpiarlo, empezando por las partes que era más probable que se echara a la boca: manos, pies, rodillas, piernas, barriga y jopo. Ofendido, él decidió expresar su desacuerdo con el procedimiento de un modo tan viejo como Babilonia, pero por suerte a esa edad aún no son muy duchos en eso de la percepción de la profundidad, y el chorrito me falló por un par de centímetros.

Para entonces ya había pasado un rato muy muy largo (a todos nos lo pareció) y a Bibi estaba que le daba un yeyo. Gracias a Dios no se podía levantar, porque donde pueda, me ahorca. Alejo, por su parte, aullaba y lloraba porque no solamente lo habían despertado, sino que lo habían empelotado, lo habían embadurnado de popó, y lo habían dejado abandonado a la intemperie.

Y así llegamos a la escena final: a ropita que tenía puesta al iniciar la odisea y la frazada estaban que daban asco, me había gastado todos los pañitos húmedos y casi diez toallitas de papel, había arruinado un pañal (le arranqué el adhesivo), y había regado la ropa del cambiador por encima del sofá en que me estaba quedando, pero Alejo estaba cambiado, envuelto en su frazada, y aproximadamente limpio (de hecho en la mañana, cuando ya tenía los nuevos pañitos vimos que le había quedado un poco de caca entre los dedos de los pies, y en la nueva manta quedó perdida una mediecita toda untada, pero me digo a mí mismo que para ser la primera vez no estuvo tan mal), y mirándome con sus ojitos medio pegados con la expresión de La Garra pensando ‘ganaste esta vez, Gadget, pero espérate a la próxima, cuando ya coma compota’...



§ Sin embargo, para aquellos con vena romántica, les cuento que cuando le mandamos a hacer el examen de GDC a Bibi ya estábamos medio seguros, y debo decir que ilusionados, no por los Clear Blue que, como expliqué antes, no fueron concluyentes, sino por el Incidente del Petirrojo. Resulta que después de hacernos el segundo examen, que por demás era el último que quedaba en la única droguería que estaba abierta a las siete de la mañana de ese domingo, bajamos a la cocina, y encontramos que se había metido un pajarito a la sala. ¿Recuerdan La Séptima Profecía (en inglés The Seventh Sign), con Demi Moore? Obviamente Bibi se puso a chillar de la emoción, y hasta me alcanzó a conmover a mí. Desde el principio ella lo interpretó como un signo, ya que usualmente los pájaros, al menos los que no son retardados, no se meten a la casa donde Leeloo muy bien puede almorzárselos, y le mete todo el empeño a eso.

* De hecho encontré un argentino de medio pelo que en su página Web (de ‘tripod’, válgame Dios, ni siquiera tiene una página comercial) se autodenomina ‘poeta-cantante’, y pegó una foto que parece de protagonista de fotonovela, pero como sólo hace covers de tangos malucos me rehúso a clasificarlo como “cantante”

W Yo necesito una audiencia con un mínimo de cultura para que entiendan las alusiones. Y eso que, ya que este es esencialmente un texto de divulgación, decidí eliminar las citas de Les Luthiers y Asterix.

Tuesday, October 24, 2006

La Pancita

Todo el mundo, incluido yo, hizo el mismo chiste al reparar en el tamaño de la barriga de Bibi: Alejito, quien desde su nacimiento ha oscilado entre el 95% y 98% en tamaño y peso, será el pequeño de la familia. Así de panzona está. Por si esto fuera poco, por la manera como patea Juan Pablo, todo parece indicar que nuestro Angelito (y aquí les pido hacer memoria cuántas veces las historias sobre Alejo terminan con la sabia moraleja: “Es mejor atajar que arrear”) será igualmente el pasivo de la familia.

Durante nuestro primer embarazo, la pancita tardó bastante tiempo en manifestarse, hasta el punto que hasta el quinto mes yo consideré seriamente la posibilidad de cargar a todos lados con una copia de la ecografía para poder utilizar los puestos de parqueo y las cajas preferenciales en los supermercados. El crecimiento sólo se presentó hasta el mes séptimo, pero fue moderado. La barriga sólo salió de verdad durante las últimas tres semanas en las que, según nos explicaron los doctores, es el período de mayor desarrollo del feto. Si mal no estoy hasta el séptimo mes se están formando órganos, y después es sólo incremento de volumen.

Este nuevo mucharejo, en cambio, comenzó a exhibirse desde muy temprano, como puede apreciarse en las fotos. Hasta tal punto que durante los tres o cuatro días que precedieron la primera ecografía yo albergué la secreta esperanza de que fuera la parejita de mellizos. (Secreta, por supuesto, porque la mera idea de tener dos hijos a la vez le producía la risa nerviosa a mi esposa quien, pese a que yo me considero un padre bastante involucrado en la crianza de la descendencia, ha tenido a cargo como el 75% del esfuerzo.) Lamentablemente no tengo muchas fotos de Bibi cuando estaba esperando a Alejito, pero definitivamente no estuvo tan barrigona sino hasta mucho más tarde en el embarazo. Y tampoco sentimos patear a Alejo hasta más adelante, también, posiblemente mes sexto o séptimo, mientras que Juan Pablo es pateante desde el quinto.

La idea de que el cliché sea cierto y nos estemos enfrentando a otro miquito gigantesco e inquieto nos llena de pánico, aunque no por el motivo que ustedes creen: como a Alejo hubo que sacarlo mediante cesárea, la práctica médica actual es hacer lo mismo con toda la progenie subsiguiente. Y aunque una chamba en la panza no es precisamente una perita en dulce, al menos es un procedimiento controlado, a diferencia de los estragos que puede causar un cuerpo extraño de 4 kilos saliendo por…. Ya me dolió, si alguien quiere más detalles escabrosos similares, pues que vea Nip/Tuck. Pero divago… el temor es producto de extrapolar nuestro Calvincito y multiplicarlo por 1.1 en tamaño, peso y capacidad de destrucción.

Cuando Alejo empezó a gatear, muchos de nuestros amigos que ya habían tenido bebé nos decían, no sin cierto tonito de arrogancia, “Cuando nuestro bebé empezó a gatear, no recogimos nada m’hijita. Es que ellos tienen que aprender a que con las cosas de la casa no se juega”. Esa filosofía, descubrí, subestima en mucho la curiosidad de mi hijo (Y aquí especifico que en verdad fue su curiosidad la culpable de la mayor parte de los estragos, y no su capacidad o intención de destrucción. Las posee, por supuesto, y en generosa medida, pero esos estallidos son tan efectivos como precisos. Los daños que ha causado accidentalmente, intentando ver qué hay dentro de un marco de fotografías o el reloj cucú son más aleatorios, y por tanto más ubicuos.) Alejo, en efecto, aprendió la lección, pero solamente después de aprender muchas otras sobre resistencia de materiales. Es más, posiblemente aprendió que con las cosas de la casa no se juega porque el juego será mucho más corto que si se juega con los juguetes, que tardan unos minutos más en romperse….

En fin, es mejor atajar que arrear. (Me pregunto si pensarían lo mismo los vaqueros a los que les tocaba detener una estampida en las películas del Oeste.) La ventaja es que a Juan Pablo no le quedaron adornitos al nivel del piso para romper, pero me temo que ya con un secuaz podrán atacar blancos más ambiciosos, como el televisor o el carro.

Ahora que Juan Pablo no necesariamente será un Vikingo hiperkinético, pues, para usar otra de esas joyas de la sabiduría popular, “cada embarazo es distinto, m’hijita.”

Cuando Bibi quedó embarazada de Alejo no hacía mucho tiempo se había graduado de la Universidad, y aunque estaba haciendo una Maestría y era presidente Rotaract, aún conservaba la saludable (aún si inverosímil) costumbre de hacer 300 abdominales para empezar el día. Además, durante los primeros meses del embarazo había continuado haciendo ejercicio. Y, por si fuera poco, se tomaba la vida con calma.

Esta vez, en cambio, en vez de las abdominales debe encargarse de preparar a Alejo para el jardín (muchísimo más agotador, aunque lamentablemente no aeróbico), en la Maestría ya no está como alumna sino como profesora, y ya no es presidente Rotaract sino Regente vitalicia del Castillo Torres. Y como los primeros meses estuvo bastante mareada y maluca (y aunque no fueron precisamente placenteros, Bibi y yo tuvimos que cambiar nuestra opinión de que la pobre era el ser más sufrido del Universo cuando recibimos noticias de casos de VERDADERA maluquera), no pudo hacer ejercicio. Razones estas que, combinadas entre ellas y con el hecho de que su esposo trabajaba desde la casa y por tanto tenía todo el día para ponerle los nervios de punta, han conseguido mantenerla en un nivel de stress tal que resulta contagioso.

Así que no es sorprendente que sus abdominales no sean lo que eran, y sean incapaces de contener adecuadamente al pequeño energúmeno. Quien, aprovechando la flexibilidad de sus aposentos, aparentemente no sólo empezó a moverse con libertad más temprano que su hermanito, sino que la aprovechó para construirse tremendo Loft. (Que, a juzgar por la panzota, debe contar con terraza para barbecues y un jardincito para salir a trotar.) ¡Jah! La sorpresa que le espera cuando salga y le toque compartir cuarto con Alejo y cama con Leeloo.

Ser barrigona, por supuesto, le ha traído algunas molestias (y también nos aterra que las señoras con experiencia sacuden tristemente cuando les preguntamos sobre los meses que nos esperan), pero creo que otra vez, a pesar de que no volví a ver ni un solo puesto de parqueo para señoras gordas ni cajas preferenciales, le ha traído todavía más ventajas.

La principal, por supuesto, es que nos ha dotado a Alejito y a mí de un interlocutor más tangible para nuestros monólogos de integración familiar. En efecto, uno se siente un poco raro hablándole a una panza casi plana, me imagino algo similar deben sentir los actores en películas con un alto contenido de efectos especiales; ellos saben que deben estar hablando con Jar Jar Binks, pero en realidad sólo ven una pantalla verde. Y además de charla, su panza nos ha proporcionado horas de actividades de integración, como observar los movimientos de Juan Pablo, tratar de causarlos o embadurnarla de Aceite humectante.

Otra de las ventajas es indudablemente que todo el mundo le ve la pancita, y le sonríe, y le pregunta cómo va, y le hace visita (aquí debo especificar que, lamentablemente, no falta la señora confianzuda que, acabándola de conocer, se manda a manosearle la barriga, cosa que por supuesto le puede hacer hervir la sangre). Para Bibi, la parte más divertida del embarazo es la deferencia y atención que recibe de parte de todos.

Esas son las ventajas que Bibi acepta públicamente, pero yo estoy seguro que hay otra que, con razón, mantiene en secreto, y probablemente sea debido a la falta de cromosoma Y, a la influencia de Venus, o al sexto sentido. Una de las pistas que tuvimos para saber que está más barrigona ahorita es que no le quedó ninguna de las prendas del pasado embarazo, ni siquiera las que usó al final. Ya ha tenido que ir de compras al menos tres veces en el último mes, y si el proceso continúa, nos esperan por poquito otros tres shopping sprees, y si bien expresa verbalmente su preocupación por el tema, no puede disimular cierto brillo en los ojos y una sonrisa de satisfacción.

Y, ya que cada uno de estos placeres seguramente le envía una generosa ración de endorfinas a Juan Pablo, las salidas de compras de Bibi tienen, aparte de todas las negativas implicaciones económicas, un alto componente pavloviano que no nos deja otra opción que esperar que la estatura definitiva de Juan Pablo no sea acorde con el tamaño de la barriga de su mamá. Porque, si hay algo que me han enseñado estos años de convivencia con Alejito,es que si a uno le va a tocar criar un pelado más grande, más pesado y más inquieto que todos a su alrededor, lo que definitivamente no necesita es que sea adicto a las compras.