Sunday, October 08, 2006

Las cosas que no se olvidan...

Montar en bicicleta, en teoría.
Hace un par de semanas, preocupado por la empecinación con que mi peso se rehusaba a bajar de los 87 kg, decidí que una buena manera de hacer ejercicio sería ir a la oficina en bicicleta. El responsable fue en mayor medida mi cuñado, quien vive a dos cuadras de mi casa y trabaja a tres cuadras de mi oficina, y suele hacer el recorrido en 35 minutos, unas dos veces a la semana. Durante su almuerzo de cumpleaños, estábamos hablando de deporte con su jefe (entre sorbos de cerveza Águila, por supuesto) y entre una cosa y otra quedó sobre la mesa el ofrecimiento de prestarme la ducha de su oficina en las mañanas que yo decidiera pedalear al trabajo... Fue así como, algunos días después, compré una flamante bicicleta (que me costó más o menos el 50% más de lo esperado pese a ser un modelo bastante normalito) que durmió el sueño de los justos en el cuarto de San Alejo hasta que finalmente me dedidí a usarla.
La principal razón por la que no me atreví a empezar la rutina, más que pereza, era pánico escénico.
Cuando se aprende a montar en bicicleta, reza el cliché, jamás se olvida. Pero en mi caso, donde el consenso de mis amigos después de que saliéramos a dar vueltas un rato por el barrio solía ser Fercho no sabe montar en bicicleta, ¿qué? Y me imagino que el hecho de no haber montado en una bicicleta móvil más que cinco veces en los últimos diez años no ayuda a la confianza en uno mismo.
(Ni de los demas, por cierto. Una vez decidí comprar la bicicleta se me ocurrieron mil usos, muchos de ellos escenarios de alegres ratos padre-hijo: podría, entre otras cosas, llevarlo los fines de semana al
dojo. Pero cuando, entusiasmado, le contaba estos planes a Bibi ella, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, dijó con tranquilidad: Pero a Alejo sólo lo subes a la cicla después de haber practicado un par de vececitas, ¿no? Quién puede culparla. De hecho para ella mis habilidades ciclísticas deben tener las mismas cualidades míticas que mi incursión por la gimnasia olímpica o las danzas: a falta de evidencia fotográfica o de terceros, solamente cuenta con mi palabra y la historia es, lamentablemente, no del todo verosímil)
Pero hoy fue el día. Domingo 8 de Octubre, 7:55 AM Sir Vilson se despide de su esposa, ya equipado con casco y guantes (los únicos avíos de ciclista que me permití comprar. Si alguien me ve poniéndome un trajecito abigarrado de licra pegada al cuerpo, puede tener la seguridad de que he conseguido al menos tres superpoderes y me dirijo a combatir el crimen), dispuesto a enfrentar el recorrido de quince cuadras que separa mi casa del
dojo donde practica Alejo.
El inicio del periplo, en la privacidad del parqueadero, vacío a horas tan indecentes, no estuvo mal. Para mis estándares, por supuesto, el timón estuvo algo vacilante pero ni siquiera en mis mejores épocas (una semana antes de que mi BMX perdiera su rueda delantera en una colisión frontal contra un automóvil estacionado) pude hacer el truquito ese de montar en cicla con las dos manos indolentemente puestas en los bolsillos traseros.
El itinerario estuvo cuidadosamente definido desde la noche anterior, cuando la decisión de salir a montar en bicicleta fue tomada después de un tiempo de deliberación al menos cinco veces superior al que me tomó decidir
comprar la bicicleta en cuestión: subo por la 147 hasta la 9a, por la 9a hasta la 140 y por allí bajo las cinco o seis cuadras que quedan para llegar al dojo. Pan comido.
El camino empezó bastante bien. Una, dos, tres cuadras... todo perfectamente. Quizá un poquito más de sudor que el que esperaba, y de vez en cuando una cierta vibración en la bicicleta que achaqué a la falta de práctica. Pero cuando pasé la avenida del caño, empezó un desagradable tirón en las piernas. Esto era más difícil que lo que había pensado. La bicicleta estaba en el cambio más suave, aquel donde uno tiene que darle como quince vueltas al pedal por cada vuelta de la rueda (escrito así no suena precisamente descansado, ¿verdad?), y aún así sentía que cada vuelta era peor que mi Elíptica con la máxima resistencia...
Como los borrachos, o los que han sufrido grandes pérdidas, Sir Vilson, ciclista neófito, experimentó varias etapas:
Negación: No puede ser que mi físico sea tan malo, eso es pura impresión. Falta de práctica.
Incredulidad: ¡Cómo así, la bicicleta de la niña que me acaba de dejar botado tiene ruedas de soporte!
Confusión: ¡Pero si yo hago Elíptica tres veces por semana! ¡45 minutos! (bueno, a veces 35) ¡Y al menos la mitad es en ejercicio cardiovascular!
Suspicacia: Claro, los miserables fabricantes de la Elíptica la deben poner con una resistencia subestándar, para que los gorditos que las compramos nos sintamos unos atletas.
Mística: ¡Dios Mío, la 147 es de subida!
Desesperanza: ¡No sea tan pendejo, todavía quedan como cinco cuadrotas para llegar a la Novena!
Análisis: Ya comenzó a pasarme la gente trotando. Creo que fue un error comprar esta vaina...
Intriga: Espero una horita, boto esta vaina al caño y le digo a Bibi que me atracaron y me robaron la cicla...
Racionalización: Claro, ellos salen cada ocho días a la ciclovía. Así cualquiera. Yo ya rondo los cuarenta. Y la viejita esa que me pasó tenía pinta de haber sido campeona olímpica.
Ni siquiera me atrevía a mirar el reloj. Era la típica elección mitológica. Escila: Solamente habían pasado cinco minutos, y yo ya estaba juagado de sudor, con palpitaciones y a punto de botar la toalla. Caribdis: En efecto, habían transcurrido los veinticinco minutos que yo sentía, lo que significaba que me había demorado más yendo en bicicleta que a pie. Solamente seguía pedaleando, no sé si por orgullo, tozudez, estupidez, vergüenza o todas las anteriores, pensando que ya había pasado lo peor.
Pero finalmente, tuve que rendirme. A seis cuadras del dojo, me bajé de la cicla dispuesto a llevarla de la mano con aire de derrota. Y cuando empezé mi Marcha, y ví que tenía que hacer fuerza para empujarla, sólo entonces pensé que no podía ser normal y examiné la bicicleta.
La rueda trasera estaba completamente descentrada, y rozaba contra el marco (la vibración que yo había sentido, evidentemente). Después de que se me pasara la piedra con mi ética deportiva, pues en vez de culpar la bicicleta había decidido que el problema era mi estado físico, examiné el desperfecto. El hecho de no contar con una adecuada aptitud mecánica pocas veces me ha detenido para emprender reparaciones. Y así, a los pocos minutos tuve un diagnóstico: si soltaba el tornillo de la llanta, podría centrarla con relativa facilidad, y luego la apretaría de nuevo. Chimbo.
Sin embargo, ante mis ojos desfilaron un control de Playstation, un portaminas Lamy, un Palm Pilot III, un Mac II ci y docenas de electródomésticos y adminículos más que, después de haber sido desarmados por mí con precisión quirúrgica jamás habían encontrado su movilidad normal. Y me imaginé dando una vuelta de más a la tuerquita y viendo como los quince mil engranajes de la llanta trasera se desparramaban por la calle. Y en cambio, recordé el teclado de mi portátil, el control de la alarma, mi teléfono celular y tantos otros que respondían adecuadamente a la violencia física, así que le dí una sacudida a la llanta, que volvió a quedar aproximadamente en el centro. Aún no giraba con total libertad, pero al menos ya no estaba frenada.
Al subir de nuevo a mi nave, y empezar a pedalear, no pude evitar una exclamación de : "Ah, ¡esto es distinto!"... Y de hecho en menos de cinco minutos llegué al dojo, donde la clase ya iba por la mitad.
Mientras le contaba a Bibi mis proezas deportivas y manuales, celebré mi victoria con una cacerola de huevos pericos con jamón y queso, dos panes y café (porque no me gusta el Tamal y no había Lechona)
El viaje a la bicicletería (116 con 19) fue mucho más simple. Es que con la rueda trasera girando, ¡cualquiera! El mecánico simplemente aflojó la tuerca que yo había identificado. (Y ya viendo a un experto me dije a mí mismo que si le habían dejado manija era para poder hacerlo manualmente. Como dicen los gringos 20/20 Hindsight) Pero como además encontró un problema con los frenos, que yo no habría tenido el más mínimo chance de detectar, para no hablar de reparar, terminé comprándole guardabarros a la cicla.
Me tomó 24 minutos llegar del almacén a la casa, que fueron muchísimo, pero muchísimo más fáciles que la ida. Ahora tengo la certeza de que podré enfrentarme victorioso al recorrido de la casa al trabajo. Claro que, al menos las primeras veces, saldré como mínimo media hora antes que mi cuñado. Y dejaré a Bibi pendiente por si tiene que emprender una misión de rescate.

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