El primero de los textos que escribí después de cumplir los quince años del que no me sentí avergonzado fue un cuento de horror, parte de los Mitos de Cthulhu, llamado El Señor de las Serpientes. Era un cuento simple, de unas quince páginas, claramente el producto de un estudiante de sexto bachillerato (décimo grado, para alguien menos anacónico), y lo terminé en 1984.
El primero de mis escritos del que me sentí orgulloso fue una noveleta (unas cincuenta cuartillas) de título indeterminado. Ha sido enviado a varios concursos bajo el título Texto Hallado dentro de la Basura (en un, no muy sutil, homenaje a Cortázar) o El Señor de las Serpientes. Este era un ejercicio de metaficción mucho más interesante y bastante original (IMHO), si mal no recuerdo escrito por un reto, cuyos protagonistas éramos el cuento El Señor de las Serpientes y yo. Este lo terminé en 1987.
Unos cinco o seis años después, entré desprevenidamente al teatro para encontrarme que la película El último heroe de acción, de Schwarzenegger, se había robado mi idea.
Permítanme explicar. Es cierto que el argumento de esa película (un personaje de ficción y uno real que entran y salen de sus respectivos mundos) no era idéntico al de mi cuento, sin embargo tanto varias de las premisas (y sobre todo de las ideas subyacentes que exploran esas premisas) como la manera de abordarlas eran iguales. Sin embargo, sólo señalé esto a una o dos personas, coincidencialmente todas las que habían leído el cuento, porque era consciente de que la frase ¡El tipo que escribió Arma Mortal se robó mi idea! no sonaba muy convincente.
Por supuesto que no pretendo afirmar que yo inventé ese mecanismo de mezclar al autor con su obra, después de todo el mismo Don Quijote le habló a Sancho Panza del tal Miguel de Cervantes. Y de hecho, en el cuento, el personaje Wilson Torres cavila sobre Borges, y La Rosa Púrpura del Cairo, y filosofa sobre la naturaleza de la realidad. Sin embargo, la manera como lo abordé tenía marcadas diferencias con aquellas obras, todas de las que tenía conciencia. No así con El último héroe de acción.
Incidentalmente, hace unos diez años vine a encontrarme con la novela The Cat Who Walks Through Walls, de Robert A. Heinlein, y el concepto de "Mundo como Mito", con los que mi humilde texto tiene muchos más puntos en común. Sólo entonces vine a enterarme que lo que, sin saberlo, me había enfrascado en un ejercicio de Solipsismo Panteísta [1] (Pantheistic Solipsism). The Cat Who Walks Through Walls se publicó por primera vez en 1985
Después de terminar Texto Hallado... empecé a trabajar en una novela, compuesta de diversos cuentos, llamada Las Crónicas del Hombre Lobo. (Hasta donde yo recuerdo el título fue mi idea original, pero como Entrevista con el Vampiro se publicó en 1976 es posible que me haya copiado inconscientemente de Anne Rice). El toque especial que intenté ponerle a esta historia fue la de pintar al hombre lobo como una especie distinta a la humana, depredadores que vivían desde hacía milenios camuflados entre nosotros, reverenciados por algunas civilizaciones como semidioses. Y el protagonista es un personaje muy interesante, el carismático licántropo Matthew Nowak. De esta novela, aún inconclusa, he terminado cuatro relatos (unas doscientas páginas en total; según calculo, un 65%): El Segundo Hombre, Notas Acerca del Odio y la Ira, El Fin de la Cacería y El Heredero.
A finales de los 80, sin embargo, cuando tan sólo había terminado Notas, y estaba en mitad de El Fin, me encontré con la noveleta El Tapiz del Unicornio. Que era un cuento, que planeaba ser parte de una novela más extensa llamada El Tapiz del Vampiro, que a su vez pintaba a los vampiros como depredadores entre los humanos, viviendo camuflados en nuestro medio desde hacía miles de años, y se centraba en el carismático vampiro Edward Wayland.
Fuck.
Pero hice de tripas corazón, introduje un tapiz gobelino dentro del argumento las Crónicas, como humilde homenaje, y continué. Lentamente, como puede apreciarse.
Algún lector sagaz recordará el título de esta entrada, y supondrá quizá que ahora voy a explicar estas coincidencias con una suerte de telepatía racial, que sería la misma que explica por qué a veces varios científicos trabajan independientemente en la misma idea [2]. Muy astuto, pero no. No se trata de eso.
Este artículo fue escrito porque si el patrón que he descrito se mantiene, probablemente haya alguien escribiendo las mismas ideas que yo tengo, sólo que ese alguien sí las va concluir y publicar. Así que, sobre todo como soporte para la conversación que tendré en un par de años, en la que me quejaré amargamente de que el ganador del Oscar al mejor guión original, o el nuevo premio Nébula (antes hubiera aspirado al Nobel de Literatura, pero con los años me volví más geek, y por tanto aprecio mucho más el respeto de esa comunidad) se copió de una idea que yo tuve en el 90....
Ahora que lo pienso, finalmente entiendo por qué Newton odiaba tanto a Leibniz.
Dentro de la docena de ideas que lleva dándome vueltas en la cabeza, quizá la más interesante es un mecanismo científico plausible para la telepatía. En uno de los relatos que estoy trabajando ahora, uno de los personajes es telépata. Posiblemente hace un par de años no le habría puesto mayor atención a ese detalle, al fin y al cabo he escrito más de cien mil palabras sobre un tipo que se transforma en lobo, pero llevo un par de años leyendo sobre la ciencia y el escepticismo, y uno de los puntos que me ha quedado claros es que, pese a que periódicamente el interés científico sobre la percepción extrasensorial se revive, hasta el momento no sólo no existe ningún resultado que diferencie la telepatía de lo que se obtendría aleatoriamente, sino que no existe ningún mecanismo físico que permita explicarla.
Así que, hoy, Junio 12 de 2009, decidí publicar mi propia idea al respecto, así sea en una edición tan limitada como este blog.
…. Continuará….
[1] Si alguien me hubiera dicho en el 87 que yo practicaba el Solipsismo Panteísta, habría pensado que se refería a lo que hacía cuando me encerraba con las revistas que nos prestaba Toño.
[2] Gracias a Joey Zasa, en El Padrino III, jamás olvidaré que Antonio Meucci trabajaba en inventar el teléfono prácticamente al mismo tiempo que Graham Bell.
1 comment:
seguro su función en este mundo es crear ideas que entonces aparecen en la cabeza de otros especializados en terminarlas, que como no tienen que crearlas siempre las terminarán más rápido...
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